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El libro, como decía de sí mismo el poeta Vicente Alexandre, tiene una “mala salud de hierro”. En el pasado día de San Jorge se han celebrado, con una decidida voluntad vigorizante, innumerables presentaciones y actos vindicativos del libro. El sector ha adelgazado y se ha concentrado, sin duda, pero en atención al principio económico de la destrucción creativa me atrevería a decir que la curva descendente ha encontrado su valle, una cierta estabilización antes de la deseable recuperación.

Uno de los actos más llamativos en el reciente Día del Libro fue el celebrado en la dársena del puerto de A Coruña, donde Ediciones del Viento presentaba “Un hombre que se parecía a Cunqueiro”, de José Besteiro, el polifacético creador de Riotorto. Ni su presencia ni la del editor, Eduardo Riestra, ni la de Luis Emilio Batallán, ni la participación de Teo Cardalda, podían distraer al público de lo que allí se trajinaba en realidad. Junto a la identidad de los huesos de la catedral compostelana –un asunto con trascendentes connotaciones económico-religiosas–, otro de los grandes misterios del país se estaba por fin desvelando. Nada menos que el documento acreditativo del paso de Álvaro Cunqueiro por la cárcel, por las cárceles, para ser más exactos, según ha escrito el periodista Manuel Morales.

Para quienes hemos hecho del mindoniense un refugio contra la literatura plomiza y la realidad de dirección única, existía en la biografía de Cunqueiro un inexplicado vacío entre 1945 y 1955; una nebulosa de silencios, sobreentendidos y leyendas. En la ansiosa búsqueda de identidades colectivas, los símbolos adquieren una categoría fundacional, inatacable al óxido de la crítica. Rosalía y Castelao lo saben bien, convertidos en imaginería religiosa por los mandarines de la cultura y la política. El bueno de Cunqueiro parecía llevar el mismo camino. Reabsorbida, como la de tantos otros, su pirueta del galleguismo poético al falangismo alimenticio, el secreto vacío de una década biográfica parecía estremecer todavía a los guardianes del templo. Y sin embargo, esta vida y fugas de don Álvaro que ahora parece completarse, no hace sino afinar los perfiles de su humanidad, lo aleja por un tiempo de los embalsamadores y nos lo ofrece con todas las circunstancias de su peripecia vital. En definitiva, un regalo para los amantes de sus libros, de los libros.

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