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Joaquín Rábago.

360 grados

Joaquín Rábago

De partidos y buen periodismo

Vi la otra noche en nuestra televisión pública una entrevista con el candidato de Unidas Podemos a la reñida presidencia de la Comunidad de Madrid.

Fue una entrevista que se me antojó muy corta, brevedad que el entrevistador justificó a posteriori por el rígido minutado que la Junta Electoral impone a la cobertura informativo de los partidos durante una campaña.

El espacio que pueden dedicar a una determinada formación política los medios públicos, es decir, los que pagamos todos los españoles, está perfectamente cronometrado y es proporcional a los escaños que aquella ocupa en ese momento.

Lo considero una total aberración desde el punto de vista no solo periodístico, ya que no atiende al puro interés informativo, sino también democrático pues, bajo apariencia de ecuanimidad, parece diseñado sobre todo para consolidar el statu quo.

Es algo ideado por las dos mayores fuerzas políticas, que, si no tenía sentido antes, menos lo tiene ahora cuando son más y muy diversos los partidos que compiten por el favor de los votantes.

Tienen razón quienes critican que, debido al corto tiempo al que tienen derecho los partidos pequeños, apenas le dé tiempo al telespectador a hacerse una idea más cabal de los candidatos y sus idearios, algo esencial a la hora de votar con conocimiento de causa.

Y esto es especialmente grave, piensa uno, cuando las mal llamadas “redes sociales” desbordan de informaciones manipuladas, de bulos y de basura sobre determinados partidos, que hacen más necesario que nunca el contraste y el filtro del buen periodismo.

Le sorprende a uno, por otro lado, que algunos profesionales parezcan abandonar su espíritu crítico cuando se enfrentan en una entrevista a un político de su misma ideología.

Y le dejen a este soltar todo lo que le da la gana sin interrumpirle si le pillan en alguna mentira o contradicción flagrante de tal forma que lo que se califica de entrevista no es entonces más que un acto de pura propaganda.

Recuerdo a este respecto el enojo de una destacada política del partido entonces gobernante a la que me tocó entrevistar en el Reino Unido cuando, en un determinado momento, la interrumpí bruscamente para poner en tela de juicio una afirmación que acaba de hacerme.

Debía de pensar aquella política que el corresponsal de un medio estatal, como la agencia para que yo entonces trabajaba, debía limitarse a transcribir sus palabras sin, en ningún momento, cuestionarlas.

Con la inmediatez de los medios de que disponemos en la era digital, tal vez no sea tampoco descabellado pensar que cuando se hace una entrevista a un político o un debate entre candidatos, el periodista podría estar en condiciones de interrumpir inmediatamente cada vez que escucha una falsedad.

En ese caso no se atreverían los políticos a hacer alegremente afirmaciones o arrojarnos a los telespectadores cifras estadísticas que contradicen las que acaba de esgrimir cualquiera de sus rivales sin que sepamos en ese momento cuál de ellos ha dicho la verdad.

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