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Antonio Touriño

Mirador de lobeira

Antonio Touriño

Los serenos del COVID

La hostelería tiene un papel clave e indiscutible en la contención del virus porque es en sus establecimientos donde se vulneran todas las convenciones y protocolos de prevención porque alguno de sus clientes baja la guardia. La situación en O Salnés es preocupante con el cierre total de O Grove y Vilanova,y las alarmas encendidas en Meis, Ribadumia y Meaño –también en Vilagarcía–, por lo que toca resignación para poder recuperarse hasta que llegue el remedio definitivo.

Para ello hay que acertar con la fórmula pues los camareros no son los policías que tienen que aleccionar a cada ciudadano. La misión de vigilar el cumplimiento de las normas está atribuida a otros estamentos oficiales, que son los que han de poner los medios.

Fórmulas existen desde siempre pero hay que ponerlas en práctica para que sean efectivas. En estos momentos quizás haría falta un cuerpo como el de los seculares serenos, aquellos que a finales del XIX comprobaban si las calles estaban en orden y nadie se saltaba el toque de queda nocturno y gritaban: “Sin novedad en la calle”.

Existen recursos económicos y administrativos para contratar a ese personal y formar el nuevo cuerpo, pues basta con fijarse en las bases para reclutar auxiliares en verano, socorristas para las playas o voluntarios para apagar los fuegos ¿Por qué no serenos?

Lo que falta es voluntad de la administración, a la que es más fácil dejar ese tremendo “marrón” de abroncar a los clientes a unos camareros, que bastante tienen con cumplir las órdenes de su jefe, cuando este solo quiere ganar dinero para pagarles la nómina y rentabilizar su negocio.

Más claro no se puede ser. Hace falta este nuevo cuerpo con atribuciones para sancionar al que incumpla, pero también que sean efectivas. Ha pasado un año y no parece que hayan hecho mella en las carteras de los que han incumplido.

Y a los hosteleros les toca exigir lo que les corresponde pues en este largo año ha quedado muy claro que, en su mayoría, cumplen a rajatabla la normativa anti-COVID. Y aún así siguen en el centro de la diana porque alrededor de sus mesas se sientan aquellos que luego mueven la estadística de infectados.

Por ello, han de hacer de la paciencia virtud pues no basta con pasar un pañito con gel hidroalcohólico para ahuyentar al SARS, ni situar una silla separadora en la terraza, cuando las aglomeraciones son evidentes en todas las calles de chateo en ciudades y pueblos.

Toca asimilar la situación. Han de aceptar el cierre temporal del negocio, dejar de lamentar si abren hasta las seis, agradecer la ampliación hasta las ocho y dejar de protestar si solo pueden dar cenas hasta las once. Claro que ¿por qué no hasta las doce, o luego hasta la una? No se puede frivolizar con la pandemia por su alto nivel infectivo. Cualquier lugar es idóneo para que el virus se expanda, pero los bares, los restaurantes, las terrazas se han convertido en el punto de encuentro social de las ciudades.

Un lugar en el que, al existir la excepción del uso de la mascarilla para comer o beber, resurge la tentación de buscar una normalidad que está lejos de alcanzarse.

De ahí que sea necesario un último esfuerzo por parte de todos hasta que llegue esa inmunidad que seguro se convertirá en la palabra del año 2021 si existe un compromiso de todos y las vacunas tienen la esperada efectividad, que debería llegar pronto.

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