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La Fiesta de la Poesía

Tras una gran acogida inicial en 1952, la convocatoria se frustró pronto en Pontevedra por el boicot del grupo Benito Soto a un excesivo oficialismo, pero dejó un grato recuerdo

La flor y la nata de las letras pontevedresas
en un homenaje a Juan Bautista Andrade.  | // ARCHIVO R. LANDÍN

La flor y la nata de las letras pontevedresas en un homenaje a Juan Bautista Andrade. | // ARCHIVO R. LANDÍN

“No importa dónde o como prestéis esta milicia espiritual de los versos. No importan las diferencias geográficas, la capital con eco o el pueblo sin resonancia, cuando cantáis a la vida sobre su misma prosa. Tampoco importan las escuelas, las maneras o las tendencias en que se inspire vuestra voz. Sobre las externas diferencias de los “ismos”, tendréis siempre la realidad, gloriosa y definitiva, de sentirse unidos en la poesía. Esta unidad de sentimientos debe exteriorizarse siquiera una vez al año, y ello nos sugirió la idea de celebrar anualmente la Fiesta de la Poesía en todos los pueblos de habla española”.

La Fiesta de la Poesía

Jacinto Benavente, Concha Espina, José Mª Pemán, Juan Ignacio Luca de Tena y Dámaso Alonso, encabezaron aquel histórico manifiesto que promovió la Fiesta de la Poesía el 21 de marzo de 1952, bajo el doble patronazgo de San Juan de la Cruz, por santo y poeta a la vez.

Ni que decir tiene que la iniciativa tuvo un eco extraordinario en toda España y Pontevedra no fue una excepción. El delegado provincial de Información y Turismo, Julián Álvarez Villar, se puso al frente y convocó una reunión preparatoria con el fin de darle “la mayor solemnidad posible”. En aquel tiempo, la plantilla lírica de esta ciudad era más numerosa que el Cuerpo de Bomberos, según Álvarez Negreira, uno de sus componentes más activos.

Filgueira Valverde, que estaba a la que saltaba y ya era persona influyente, convirtió el Paraninfo de su Instituto en lugar de acogida de tan prometedor evento. Quizá por ese motivo también fue invitado a realizar el pregón obligado, que estuvo a la altura de una ocasión tan especial.

Hizo el profesor Filgueira una brillante evocación de las figuras gallegas desde los antiguos cancioneros. Luego citó a las generaciones poéticas de conocidas familias pontevedresas como los Landín, los Millán y los Andrade. Y finalmente elogió a los jóvenes integrantes de la colección Benito Soto.

Como cabeza visible del citado grupo, Sabino Torres leyó una selección de poemas de sus principales autores. A continuación, la poetisa del Salnés, Herminia Fariña, recreó algunas de sus composiciones. Y otro tanto hicieron Iglesias Alvariño y Viñas Calvo, todos muy aplaudidos por los asistentes.

FARO dijo al día siguiente que fue “una auténtica fiesta de arte bajo los auspicios de los espíritus más finos de la localidad”.

La Fiesta de la Poesía celebró sus primeras ediciones al mediodía y se instituyó la costumbre de promover un almuerzo de confraternidad entre la flor y la nata de los autores pontevedreses y los versificadores aficionados. De ahí precisamente surgió la reclamación de estos para hacerse un hueco y disponer de un minuto de gloria para recitar sus creaciones. El único autor acreditado que vio con malos ojos aquella súplica fue Cándido Viñas Calvo, quien se tomó siempre muy a pecho su vocación literaria.

Entre aquellos poetas aficionados que nunca se perdieron las sucesivas convocatorias poéticas, tres destacaron por su tenacidad y pundonor: Carlos Hidalgo Valero, director de la cárcel y cantor de la amistad; Cándido Acuña Blanco, reconocido vinatero y empedernido negociante, y el maletero nº4 de la Estación, señor Carballo Alba. Poetas impenitentes de distintos cantos y materias, aunque estrechamente unidos por una inspiración torrencial a caño libre, los tres se hicieron populares en aquella década de los años 1950.

Las siguientes ediciones desde aquel primer año 1952 respondieron a las expectativas abiertas y la Fiesta de la Poesía gozó de una enorme popularidad en toda España. Quienes asistieron e incluso participaron aquí en algunas de sus celebraciones y siguen vivos para contarlo, todos guardan un grato recuerdo de aquellos sucedidos. Sin embargo, Pontevedra fue una de las primeras ciudades en donde dejaron de celebrarse de forma súbita.

A la habitual convocatoria previa de Información y Turismo para organizar la celebración y confeccionar su programa, la gran mayoría de los poetas locales respondieron en 1955 con una ostentosa ausencia. Sabino Torres, líder natural del grupo poético Benito Soto, contó luego que hartos de sentirse “utilizados” por la propaganda oficial, optaron por inhibirse de manera premeditada.

Álvarez Villar, persona competente, pero en extremo celoso en el ejercicio de su autoridad oficial, contestó con cajas destempladas a punzantes notas periodísticas de Rafael Landín y Manolo Cuña, sobre aquella ausencia de la Fiesta de la Poesía. Ellos conocían bien la causa de su desconvocatoria. “Los propios poetas han producido con su actitud tal suspensión”, replicó tajante el delegado ministerial.

No obstante, aquel año se salvó el expediente con una conferencia magistral de Gerardo Diego, quien estaba de gira por Galicia presentando su libro “Ángeles de Compostela”, todavía inédito. Como la intervención del gran poeta se programó en las mismas fechas y en el mismo lugar de las fiestas poéticas, algunos pensaron que eran la misma cosa.

Álvarez Villar presentó al invitado ante un selecto público que llenó el Paraninfo del Instituto, y Gerardo Diego recitó algunas obras de aquel poemario. Entre entrevista y entrevista, el poeta no tuvo ningún empacho de mostrarse contrario a una “excesiva oficialización” de la Fiesta de la Poesía.

Al año siguiente, Marín aprovechó el vacío creado en Pontevedra y organizó en 1956 su primera Fiesta de la Poesía, con el Liceo Recreativo como anfitrión y el apoyo total de Información y Turismo. El alcalde, Francisco Pérez Crespo y el presidente de la sociedad recreativa, Francisco Landín Pazos, asistieron al evento, junto a Álvarez Villar.

A mayor gloria de dicha celebración se anunció un concurso para poetas nacidos o residentes en Marín. Las bases pidieron un soneto de rima y ritmo clásicos, sin estrambote, de tema libre. El clavel de plata y las 300 pesetas de premio fueron para el soneto titulado “Crepúsculo de Marín”, de Marino Yerro Belmonte, residente en Madrid, y leído en su ausencia por Cuña Novás.

Una notable representación de los poetas pontevedreses, de Viñas Calvo a Álvarez Negreira, pasando por el mentado Cuña, contribuyeron a su realce con destacadas intervenciones. Por su parte, la niña Ana Bonaque y los jóvenes Luís Almazán Lucas, Jaime Fernández Abad y Adolfo Aris Molas, cubrieron la participación local. Y el alférez de navío, José Cervera Pery, recitó el “Romance de la presidenta guapa”, de su libro “Entre la seda y el sol”.

Marín todavía impulsó una segunda edición al año siguiente, con Manuel Casado Nieto como mantenedor. Pero luego no hubo más ediciones que, sin embargo, continuaron organizándose con mucho éxito en otros lugares.

El mozo de la Estación que increpó a Gerardo Diego

Trovadores, rapsodas, versificadores, coplistas, rimadores….Entre el ramillete variopinto de poetas aficionados que nunca faltaron a la Fiesta de la Poesía, destacó sobremanera el señor Carballo Alba, popularmente conocido como el maletero nº4 de la Estación, tal como rezaba su chapa de bronce en la solapa izquierda de su chaquetilla azul. Durante cierto tiempo, el nº1 fue el célebre Melitón, un profesional como la copa de un pino en el oficio de cargar o gestionar maletas, baúles y enseres varios. El señor Carballo Alba llegó a Pontevedra huyendo del mal fario de su fracaso matrimonial. Entonces ya peinaba canas y había trabajado bastantes años en Madrid como albañil, carpintero, enfermero y guardia municipal. El trabajo de la Estación le servía de complemento a una pensión de 300 pesetas, mientras daba rienda suelta en sus ratos libres a su vocación literaria. Emilio A. Negreira describió en Litoral al maletero nº4 como un personaje de planta señorial y andar cadencioso, cejas caídas y ojos expresivos “de hombre que lucha contra la incultura popular”. El bar Pasaje acogió su primera declamación pública, que él llamaba “coloquio” en vez de monólogo. “Vidas unidas” y “Vidas errantes”, junto a una novela social titulada “Yo tuve un sueño”, componían entonces su obra literaria, inédita a mucha honra. El maletero nº4 protagonizó la anécdota más celebrada de aquellos festejos poéticos entre nuestros líricos de andar por casa; un incidente luego recreado por diversos testigos presenciales, de Sabino Torres a Rafael Landín, con variaciones muy ligeras, pero sin alterar su genuina esencia. Nada menos que el mismísimo Gerardo Diego actuó sin pretenderlo como su pasmado antagonista, aunque no dio réplica en ningún momento. Cuando el ilustre académico llevaba una hora de disertación sapientísima en el Paraninfo del Instituto, de cuando en vez ilustrada con algunos de sus poemas de más reciente factura, el maletero nº4 no pudo controlar su impaciencia, se levantó de su asiento y le espetó sin cortarse un pelo: “Señor poeta, ¡ya está bien! Lleva usted una hora en el uso de la palabra y aún faltamos muchos por recitar”. Gerardo Diego quedó petrificado: su cara fue todo un poema, nunca mejor dicho. Enseguida se quitó las gafas de leer, observó al espontáneo y luego buscó con su mirada el auxilio de Filgueira Valverde, presidente del acto. Este resolvió el entuerto con mucha sutileza, explicando que aquel acto no correspondía a otra edición de la Fiesta de la Poesía, como en años anteriores, sino que era una conferencia magistral del académico invitado, sin coda final de poetas locales. “Pues luego, adiós muy buenas”, respondió el mozo ferroviario con mucha dignidad caminando hacia la puerta de salida. Y antes de cerrar el pestillo, por si acaso interpretaba algún asistente su postura como un acto de rebeldía, se volvió y gritó: “¡Viva Franco! ¡Arriba España!”.

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