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Se veía venir que la revolución estaba al caer. Era ya demasiado tiempo de angustias, de miedos, de reclusiones forzadas, de esperanzas alimentadas por el continuo engaño.

Pero lo que resulta asombroso es que esa especie de alzamiento en armas la protagonizasen los clubs más poderosos del fútbol. Viene a ser como si la toma de la Bastilla hubiese quedado a cargo no de los parias del Tierra sino de los banqueros de mayor poder. Semejante forma de poner el mundo patas arriba ha sido demasiado brutal como para ser pasada por alto. Al cabo de unas pocas horas, un día como mucho, las aguas han vuelto a su cauce natural y la Superliga ha sido maldecida por todos, incluyendo en ese universal incluso los clubes protagonistas del golpe revolucionario. Los ingleses sobre todo porque ya se sabe que la Gran Bretaña es el paladín mayor del orden establecido. Si los clubs ingleses más rumbosos se habían apuntado a la nueva competición exclusiva era por prudencia, no se diera el caso de que el imperio redivivo pasase por el invento de Florentino Pérez.

Va a ser que no. Dejar el proyecto en suspenso un año es lo mismo que liquidarlo ya, pero con la salvaguarda del recurso más estúpido de todos los que existen cuando aparece un contratiempo, que es el de sostener contra viento y marea que el error es en realidad virtud y que, llegado el caso, se volvería a cometer.

"Las autoridades rectoras del mundo del fútbol deberían haber establecido límites a los sueldos, presupuestos y traspasos hace mucho"

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Las razones aportadas por los promotores para imponer la Superliga es que los clubes más poderosos, pobrecitos ellos, están en quiebra. Pero, ¿cómo no iban a estarlo si han convertido el mercado del fútbol en la mayor burbuja inflacionaria de los últimos tiempos? Cuadrar las cuentas cuando a un solo futbolista se le pagan 555 millones de euros por cuatro años, es decir, trescientos ochenta mil al día haya o no partido, entrenamiento, concentración o vacaciones, resulta un disparate de tal calibre que las autoridades rectoras del mundo del fútbol deberían haber establecido límites a los sueldos, presupuestos y traspasos hace mucho. Pero, por supuesto, eran las primeras interesadas en el superlujo como coartada. Si la Liga, la UEFA y la FIFA han puesto del grito en el cielo ante el anuncio de Florentino y compañía es porque a los prebostes del fútbol se les acababa el chollo.

Las organizaciones que controlan el llamado deporte, comenzando por el Comité Olímpico Internacional, han protagonizado de continuo historias de escándalos sobre concesiones de juegos, olimpiadas y campeonatos. Solo se airean las mayores porque el beneficio acostumbrado, consistente en sueldos, viajes y regalos principescos, se da por normal. Esta vez han tenido la suerte de que los revolucionarios que querían acabar con tales privilegios perteneciesen a su misma casta. Aunque en realidad es la historia de siempre: las revoluciones solo suponen un cambio de sillón.

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