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Javier Sánchez de Dios.

Crónica Política

Javier Sánchez de Dios

El escalafón

Así pues, dado que buena parte de los políticos dicen una cosa, hacen la contraria y luego lo explican –si es que lo hacen– como les da la gana, parece llegado el momento de interpretar sus mensajes como un enigma. Y, así, explorar las diferentes vías a través de las cuales el observador alcance siquiera a descifrar en parte la incógnita. El caso más a mano son las declaraciones que el presidente del PP, don Pablo Casado, hizo a la cadena Cope y en las que proclama nada menos que su aspiración: colocarse –no especificó si equidistante– entre el señor Feijóo y la señora Ayuso, citando a otros dirigentes de su organización en el mismo sentido.

Desde un punto de vista personal, lo dicho por el dirigente opositor es toda una declaración de sus intenciones, acaso inspirado en el monarca francés que se superponía al Estado, solo que de forma algo más modesta. Su señoría ha venido a decir “el centro soy yo”, lo que situaría a su derecha a la presidenta en funciones de la Comunidad de Madrid y a su izquierda, al titular de la Xunta de Galicia. Lo que, siguiendo la vía de interpretación libre, equivaldría a establecer un nuevo escalafón de los moderados a día de hoy, en el que don Alberto Núñez perdería puestos, con todo lo que significa para él y para el antiguo Reino que gobierna.

(Conste que el señor Casado parece decidido a hacer lo mismo que dice, al menos en esta cuestión, de centrar su tropa y el mensaje. En las últimas semanas se ha convertido en un refugium peccatorum de bastantes de los que en los últimos tiempos electorales se habían autoproclamado “centristas”, y que eran los de Ciudadanos una vez que la UCD fue aniquilada por fuego amigo. El último fichaje, no oficial aún, es Rivera, y se habla de Rosa Díez, dama convertida en un flagelo contra, según proclama, el PSOE de hoy, al que ve del todo diferente –y no es la única– a como era cuando militaba y gobernaba, de consejera en Euskadi con él).

Sea como fuere, el golpe de timón –que no es el primero ni será, probablemente, el último– del presidente del PP se acompaña, como queda dicho, de hechos: el mensaje y las incorporaciones. Y refuerza su dirección a costa de los que hasta ahora insistían en la necesidad de los cambios que está haciendo. Lo cual –por seguir con la interpretación libre– reduce a la condición de consejeros a algunos de los que hasta el momento aparecían como potenciales rivales internos. De forma singular al señor Feijóo, que desde hace tiempo habla más de y en Madrid que aquí sobre asuntos de Estado y hasta de un cierto crepúsculo de las ideologías. Es significativo.

Habrá que esperar un poco todavía, primero para comprobar si el viraje de don Pablo es algo más que circunstancial y, segundo, si da resultado. En ese sentido, las elecciones madrileñas del próximo 4 de mayo serán más que un indicio, aunque podría darse la paradoja de que la señora Ayuso, aun victoriosa, necesitara el apoyo de Vox, bastante más a la derecha que ella y, por tanto, muy alejado del centro del señor Casado. Pero –eso sí: hasta que cambie–, conviene no olvidar aquella regla administrativa no escrita de que “el escalafón es el escalafín”. Y, en él, el que sube manda y el que baja da tabaco. O sea, cada uno en su lugar.

¿O no...?

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