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Una vez le preguntaron a Borges qué cien libros elegiría para llevarse a una isla desierta, y él respondió: “Cien veces la Ilíada”. Ni siquiera se planteó incluir en la lista el Manual del perfecto náufrago, porque con un libro, con “el libro”, basta para una vida, y eso lo sabía el gran Borges.

Los romanos llamaron liber a la parte interior de la corteza de la plantas, material que emplearon como papel, y de ahí derivó la voz libro, ese objeto perfecto que, como cada año, celebra por estos días su día, coincidiendo con San Cervantes.

Yo empecé a leer muy precozmente. Nosotros éramos unos pobres con libros en aquella España de los sesenta del siglo XX. Vengo de esa generación a la que nos gustaban los tebeos, la lectura comprada por entregas semanales en los kioscos de barrio, los domingos por la mañana, con la paga recién cobrada, o la otra, ya más de supervivencia, alquilada a mitad de semana, cambalache de urgencias para no quedarme sin provisiones. Los tebeos me llevaron a los libros y los libros me han traído hasta aquí, han sido mi forma de vida.

Cuando, debido a mi pertinaz insomnio, me desvelo de madrugada y sé que ya no voy a dormirme otra vez, y que a la noche aún le quedan muchas horas, y todo lo que me rodea es el silencio de la casa, ese silencio que no es silencio del todo, sino que es un silencio habitado por las respiraciones de los que tienen la suerte de dormir, y del zumbido del motor del frigorífico, y del ladrido de algún perro lejano y asustadizo, nunca me da por escribir. A esas deshoras desvelo a alguien de la familia, de esa inmensa familia de papel que me he ido construyendo con los años, con los insomnios, con los ocios y los placeres, para que me haga un rato de compañía y me dé calor.

"A veces me inquieta la incertidumbre de qué será de ellos sin mí, el día que me vaya a la isla desierta del oriente eterno"

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Después de toda la vida entre libros he llegado a conocer un poco su manera de ser. Tengo por seguro que no les gustan mucho las ventanas abiertas, que prefieren una cierta sensación de intimidad, la luz indirecta y sentir que las manos que los sostienen son incapaces de la crueldad de doblar las esquinas de sus páginas para señalar por dónde interrumpieron la lectura. A fuerza de observarlos a través de nuestra larga y feliz convivencia, he llegado a saber que a los libros les agrada especialmente la música armoniosa, sin estridencias, y que les son más gratas las horas de la madrugada, cuando la entrega a la lectura no suele estar sometida a las interrupciones de la vida, del trabajo, de los afanes.

Mis libros. No sé qué sería de mí sin ellos y a veces me inquieta la incertidumbre de qué será de ellos sin mí, el día que me vaya a la isla desierta del oriente eterno y ni siquiera la Ilíada pueda venir conmigo.

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