Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Ánxel Vence.

Crónicas galantes

Ánxel Vence

Prensa con mala prensa

Ni siquiera los que no los leen se fían ya de los periódicos, o eso dicen. Aquí en España, sin ir más lejos, incluso un partido que forma parte del Gobierno sostiene que no hay que darles el menor crédito, vendidos como están al gran capital. Mejor informarse por WhatsApp, por Twitter, por Facebook o por cualquier otro de esos emblemas del periodismo popular que no necesita verificar las noticias.

La mala prensa de la prensa viene de viejo. Antes de que los monopolios de internet comenzaran a robarles sus noticias, su publicidad y –por tanto– sus medios de sostenimiento, parte del público ya parecía convencido de que los diarios se escribían al dictado de los grandes inversores.

Alegaban en su defensa los periodistas más voluntariosos el caso del “Washington Post,” que derribó con sus informaciones al entonces emperador del mundo, el tramposo Richard Nixon. A más modesta escala local, otros hacían notar que la mayoría de los escándalos políticos en España fueron investigados, descubiertos y publicados por la prensa. Pero ni por esas mejoró la opinión de la audiencia, convencida de que, si lo hacía, era por razones partidistas o para aumentar ventas. Grave delito.

Siguió así en vigencia para algunos la idea de que la única verdad en un periódico es la de la fecha de su publicación; y a veces, ni eso. Muchas plumas ilustres contribuyeron a abonar ese prejuicio.

Chesterton, por ejemplo, decía ya a principios del pasado siglo que el periodismo “consiste básicamente en informar de que ‘Lord Jones ha muerto’ a gente que no tenía la menor idea de que Lord Jones estuviese vivo”. Igualmente desdeñoso con los reporteros, Óscar Wilde creía que la diferencia entre periodismo y literatura consiste más o menos en que “el periodismo es ilegible; y la literatura no se lee”.

Tampoco hay que caer en esas exageraciones. Un periódico es, simplemente, un espejo situado al borde del camino por el que transitan las generaciones. La imagen que ese espejo devuelve a la sociedad no siempre es exacta, ni tiene por qué serlo; y a veces puede resultar incluso tan distorsionada como la de los cristales cóncavos y convexos del Callejón del Gato que inspiraron a Valle Inclán su teoría del esperpento.

Óscar Wilde creía que la diferencia entre periodismo y literatura consiste en que ‘el periodismo es ilegible; y la literatura no se lee’

decoration

Ninguna razón hay para que se preocupen los críticos. El papel de los viejos periódicos de papel -ahora duplicados en internet- lo están asumiendo con más pena que gloria las redes sociales y los docudramas de la televisión.

Asuntos muy serios, como la costumbre ibérica de apalear a las señoras, se debaten ahora en el cubo de desperdicios de la telerrealidad. La audiencia es la que manda, de tal modo que la tele y las redes de internet, tan propensas al anonimato, son las que se adentran en temas que tradicionalmente se dejaban al criterio de los eruditos. Y a la comprobación de fuentes que, en general, era típica de los diarios de toda la vida.

Nada de lo que extrañarse, viendo cómo está la Universidad, en la que puede ocurrir que los alumnos de una facultad dedicada a la instrucción de periodistas elijan madrina de promoción –ritual antiguo donde los haya– a una tertuliana especializada en programas televisivos del mundo rosa. Quizá, esperemos, fuese un rasgo de ironía.

Mientras eso ocurre, los periódicos, víctimas de los nuevos monopolios digitales, luchan como pueden por mantener el tipo. Seguramente los echaremos de menos si algún día desaparecen. Aunque sigamos poniéndolos a parir.

Compartir el artículo

stats