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Javier Sánchez de Dios.

Crónica Política

Javier Sánchez de Dios

La rebelión

Es posible que el concepto de “rebelión” resulte excesvo para calificar la reacción de las Asociaciones de madres y padres de alumnos, disconformes con la Xunta tras su decisión de fijar en junio la recuperación de los estudiantes que la necesitan. Las ANPA no se andan por las ramas y después de calificar como “desatino” la decisión –ratificada– de la consellería, advierten con “llevar a las calles” su desacuerdo si no hay una contraorden de la autoridad educativa. Y como no están los tiempos para la lírica, la prosa no puede ser más clara: si esto no se apaña, caña, caña.

Es cierto que lo dispuesto por Educación resulta como mínimo opinable, y visto desde fuera, el casi nulo plazo entre las calificaciones y la recuperación apenas deja tiempo para quienes deben prepararse ante una cita escolar tan seria. Y cierto también es que la consellería da la impresión de que antepone razones propias a la necesidad escolar, dato difícil de explicar sobre todo cuando debe existir margen para hallar una solución. Algo que, vista la trayectoria y el talante del conselleiro –y la importancia de la cuestión– resulta más que probable.

En todo caso, y siempre desde una opinión personal –al igual que cuanto precede– la amenaza que se endosa a la reclamación de las ANPAs hace, sino inasumible, desde luego sí difícil de aceptar sin más por cualquier gobierno que se precie. Podría discutirse la razón de una movilización así e incluso la capacidad que las asociaciones tienen para responder con el jaleo y el ruido a una posible negativa en primera instancia pero si algo enseña la escuela –y las partes, en su totalidad, han ido a alguna– es la necesidad de entenderse cuando hay tanto en juego: la bronca es, por definición, contraria al orden educativo.

Dicho lo anterior, y desde un punto de vista particular, quizá sea útil una observación para contribuir al sosiego. Y es que el COVID-19 no solo está provocando decenas de miles de muertos y cientos de millares de infectados en toda España. Su duración –y la confusión que crean la continuas contradicciones de bastantes de los gobiernos que establecen medidas– contribuyen a agravar la crispación social.

Que parece a punto de alcanzar en la vida cotidiana una especie de crisis psicológica, palpable ahora ante un espectáculo que, como el de las vacunas, no es fácil de entender.

Así las cosas, el sentido común debería primar para que la autoridad demuestre que actúa desde la comprensión y quienes discrepan, desde la cautela; mientras, practicar el difícil arte de la negociación.

Y no se utiliza la palabra “diálogo” porque a fuerza de repetirla –y practicarla después según le convenga a las partes–, ha convertido el concepto en algo –como la política con minúsculas– desprestigiado en grado sumo. Lo que debería suponer una desgracia pero que ya es sólo un mal hábito, propio de un oficio que, al decir de las encuestas, crea preocupación y descontento en un 70 por ciento de los –y las– consultados/as. Significativo.

¿No?

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