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Ánxel Vence.

Crónicas galantes

Ánxel Vence

Viejos, sí; pero no tontos

Viejos, sí; pero no tontos

Algunos bancos atosigan últimamente a los viejos para que usen el móvil y el cajero electrónico en vez de ir a dar la lata a sus oficinas. La idea es ahorrarse locales y nóminas de personal, desde luego; pero muchos de estos clientes añejos se han enfadado por la desconfianza en sus capacidades. Tal vez con razón.

A los viejos ya les han quitado hasta el nombre para sustituirlo por eufemismos más bien ñoños como “tercera edad”, “mayores” y todo por ese palo. Ahora se pretende sugerir que también son levemente lelos.

No de otro modo se entiende que muchas empresas de servicios, financieros o de otro tipo, den por sentado que los jubilatas no saben entendérselas con las teclas de un cajero automático o de un ordenador y les ofrezcan paternales consejos al respecto. Peor aún que eso, la población en general asume esta idea al demandar que se les proporcionen mayores facilidades a los veteranos, como si fuesen una especie de tullidos tecnológicos.

Tampoco hay que exagerar. Bill Gates ha cumplido ya los jubilosos 65 y, por raro que parezca, se maneja bastante bien con la informática a nivel de usuario e incluso de beneficiario. Esa es también la edad de Tim Berners-Lee, que pasa por ser el inventor de la World Wide Web que nos permite a todos trastear por internet.

Los ordenadores personales comenzaron a popularizarse hace ya más de treinta años, de lo que bien podría deducirse que un octogenario de ahora mismo llegó a usarlos durante una parte de su vida laboral. Por supuesto, no son un artefacto futurista, ni mucho menos, para los que andan por la setentena o acaban de jubilarse.

Cierto que hay diferencias profesionales y educativas entre los miembros de una misma generación; pero eso vale para todas. Mick Jagger, un suponer, tiene 77 años, lo que técnicamente le convierte en un viejo por más que hasta hace nada anduviese dando brincos en los escenarios. Pocos pensarán que él o sus también añosos colegas de banda son gente incapaz de manejar unas simples claves en internet.

En detalles como estos se conoce que los ancianos tienen mala prensa en España y en el mundo. Ni siquiera se libran los japoneses, nación famosa por su vejez y la de sus ciudadanos, donde el ministro de Finanzas, Taro Aso, no duda en pedir a los jubilados que se vayan muriendo para aliviar la carga de la Seguridad Social. El mentado Aso ha cumplido ya los ochenta, pero ahí sigue, cabalgando contradicciones.

Curiosamente, son los políticos –a quienes más debiera incordiar el gasto en pensiones– los que mejor tratan, por lo general, a las gentes de cierta edad. Es bien conocido el amor de los gobernantes a los abuelos, mayormente en época electoral. Les organizan fiestas, les prometen subidas de pensiones, les abren locales para jugar a la brisca y no paran de requebrarles el voto.

Muchos de los así cortejados se maliciarán, quizá, que no se trate en realidad de un genuino desvelo; pero, cualquiera que sea la razón, siempre es agradable recibir las atenciones de los que mandan.

Por una vez, y sin que sirva de precedente, las empresas que tratan (y a veces maltratan) a los que ya están fuera del mercado de trabajo debieran aprender de la actitud de los políticos. Tan tontos no serán los viejos cuando uno de ellos ejerce de emperador del mundo a los 78 años. El anterior tenía 74 y era adicto a Twitter.

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