Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Armando Álvarez

escambullado no abisal

Armando Álvarez

La campana

Nada temía aquella primera ameba que se aproximó a otra. No había inquietud sino curiosidad en sus brazadas dentro del caldo primigenio. Todo se debía explorar en aquel diminuto trozo de roca en ebullición que era la Tierra. La vida se constituyó desde el atrevimiento de fundirse con otro y de dar el siguiente paso. La naturaleza nos proporcionó el miedo después, instalados en el planeta, cuando ya matábamos y moríamos, como un mecanismo evolutivo que nos preservase de los depredadores. El antílope otea el horizonte y advierte a la manada si distingue al felino moviéndose sigilosamente entre las hierbas. Será un aviso razonable y preciso, que desencadenará la huida para retornar enseguida al pasto sereno cuando el peligro haya desaparecido. No deberíamos habitar en la angustia. Hoy, sin embargo, hemos entregado el control de nuestro miedo a los monstruos que nos acechan.

Ninguna herramienta política es más poderosa que el miedo: a la muerte, el hambre o la ruina, a lo inmediato y a lo desconocido, a la soledad y a la incertidumbre. Sobre todo al extranjero y al diferente. Siempre al otro, en general, aunque en realidad nos debería sobrecoger el que nos contempla desde el espejo. El miedo precede al odio, se contagia y se multiplica, encrespándose. Nos paraliza o nos convierte en turba. Nos conmina a quemar sinagogas a causa de rumores sobre niños crucificados en misteriosos ritos o a linchar negros por un piropo que nunca se ha pronunciado.

La campana

La campana

El miedo se desboca y luego resulta difícil rastrear su origen. En el verano de 1789, recién asaltada la Bastilla, se extendió por el rural francés aquello que dio en llamarse precisamente el Gran Miedo. Sin que se sepa bien por qué, en las aldeas cundieron rumores de tropas aproximándose, de bandas de malhechores y vagabundos, de asaltos y degollinas. En Saint-Omer, la luz del ocaso reflejada sobre los cristales convenció a la población de que habían incendiado el castillo. En la Champaña meridional se movilizaron 3.000 milicianos para enfrentarse a unos forajidos que resultaron ser vacas.

Abundaron en aquellos meses los testigos que juraban haber visto lo que jamás había sucedido o solo en su imaginación aterrada. Como en California tras el ataque a Pearl Harbor, cuando proliferaron los avistamientos de aviones y submarinos tras cada nube y cada espuma. En la noche del 24 al 25 de febrero de 1942, los antiaéreos de Los Ángeles estuvieron disparando durante horas a unos cielos que ningún japonés había surcado. “Extraterrestres”, argumentaron algunos. El miedo es líquido y siempre encuentra una grieta por la que filtrarse.

El miedo vuelve a dominarnos. Miedo a peligros reales como la enfermedad y el paro. También miedos exagerados o directamente absurdos, como a las vacunas. Ese miedo extremo no debe confundirse con la preocupación y la demanda de información. Es justo lo contrario. Se sustenta sobre mentiras o medias verdades que se retuercen hasta acomodarlas al molde de nuestros prejuicios.

No son procesos inocentes. Hay profesionales del miedo, toda una maquinaria que lo alimenta y rentabiliza en función de determinados intereses. El miedo a los inmigrantes y a las feministas, que proporciona votos. El miedo a las ocupaciones de casas, que dispara las ventas de sistemas de seguridad. Nos repiten que debemos sentirnos amenazados; que yo, por ejemplo, como varón blanco de mediana edad, heterosexual y residente en mi país, con sueldo fijo y techo propio, soy el débil al que hay que proteger de aquellos que codician lo que poseo y que conspiran para arrebatármelo.

El miedo provoca víctimas. Las habrá entre los que por histeria rechacen vacunarse. En Los Ángeles, en la batalla que no fue, murieron tres civiles en accidentes de tráfico y dos por ataques al corazón. En la campiña francesa, cientos de individuos a quienes tomaron por ese enemigo de contornos indefinidos y por ello más peligroso. Todos afrontamos nuestra responsabilidad. En Forges-les-Eaux, Henrietta Lucy Dillon, marquesa de La Tour du Pin, a riesgo de su integridad, se esforzó en calmar a los aldeanos que gritaban que el ejército austriaco se aproximaba. No retrocedió ni cuando uno la acusó de ser María Antonieta, esa “poule autrichienne”, disfrazada. Y cuando el cura se dispuso a tocar la campana en señal de alarma, lo agarró del cuello de la sotana para impedírselo. Sabía que el repique habría desatado un dolor irrefrenable. Cuando el miedo se descontrola, debemos elegir. Enciendo el televisor. Leo periódicos. Escucho la radio. El oficio nos exigía a los periodistas actuar como Henrietta. Demasiados han escogido ser el cura que toca la campana.

Compartir el artículo

stats