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Juan Carlos Laviana.

La vacuna

La escuela unitaria de Perlada reunía en un aula a alumnos de los 4 a los 15 años. De ahí, lo de unitaria. Las chicas, convenientemente separadas de los chicos y no por aquello de la educación diferenciada. Cuando don Crescencio anunciaba vacunación, se apoderaba de nosotros la ansiedad. Por encima de todo, estaba el miedo al pinchazo. No digamos ya el pánico a marearnos y sufrir el escarnio de los compañeros. O la enorme vergüenza de desplomarse ante las niñas en uno de los pocos días que nos reunían. Ni siquiera sabíamos contra qué nos vacunaban. Después nos enteramos que había un brote siniestro de polio que dejaba a los niños paralíticos; todos conocíamos a alguno. Sin cambiar de aguja, un practicante nos inoculaba aquel líquido infernal que nos ardía en el interior. Aún hoy, los que vivimos aquello en los sesenta conservamos la roncha que nos recordaría el resto de nuestra vida que habíamos sido vacunados.

Entonces no valían protestas. No se nos ocurría ni rechistar. Claro que estábamos en una dictadura y no había redes sociales. Hoy volvemos a ponernos en fila para vacunarnos. La situación es muy diferente y cada uno opina lo que le da la gana. Faltaría más. Hay quienes celebran la vacunación como un hito en sus vidas. Hay quien celebra el gran avance de la ciencia y la humanidad. Incluso hay quien difunde orgulloso la foto del momento histórico en que el ATS les clava la aguja.

Desgraciadamente, la alegría de estos se ve oscurecida por las voces sonoras de los quejicas, siempre más diestros en llamar la atención. Circulan protestas de aquellos que se quejan de las largas colas, de las esperas, de la lejanía o la accesibilidad del centro de vacunación. Nos tratan como a ganado, gruñen algunos. Olvidan que las vacas, que jugaron un papel tan decisivo para nuestra salud que hasta dieron nombre a la vacuna, merecen un respeto.

Después nos enteramos de que había un brote siniestro de polio que dejaba a los niños paralíticos; todos conocíamos a alguno; sin cambiar de aguja, un practicante nos inoculaba aquel líquido infernal que nos ardía en el interior

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También están aquellos que se rebelan porque en el SMS de la cita no se les comunica que vacuna se les va a suministrar. “Yo la AstraZeneca esa no me la pongo que debe de ser peor que la Sputnik”. O “yo a los del Brexit ni agua, que no te puedes fiar”. Hay quien quiere una carta de vacunas, para poder elegir: “yo quiero la Pfizer, mira cómo los americanos se la ponen y lo bien que les va”. O: “yo prefiero la Jensen, que en una sola dosis liquidas el tema. Mucha culpa de eso la tenemos los periódicos que tenemos la osadía de elaborar rankings con las vacunas.

Por no hablar de los antivacunas. Que no, no son cuatro locos, que se empeñan en vivir contra el progreso. Yo conozco a muchos, que sin declararse abiertamente antivacunas, dicen eso de que “están experimentando con nosotros; que la prueben bien y cuando tenga el cien por cien de efectividad y ningún efecto adverso, que me llamen”, Ignoran que la vacuna de la gripe no supera el 40 por ciento de efectividad o desconociendo la larga lista de efectos secundarios del paracetamol, que tomamos como si fueran caramelos.

En el colmo del cinismo, hemos oído a gente protestar porque se ha empezado a vacunar por los más mayores. “Total para lo que les queda”. Y, sin pudor, ofrecen su propio criterio: “Tendrían que vacunar a los jóvenes, que son los que sostienen el país”. O “a los adolescentes que están todo el día de botellón, que son los grandes contagiadores y nos traen el virus a casa”.

Por no hablar de los políticos, en permanente campaña electoral. Los hay que, desde la oposición, encienden a los ciudadanos desacreditando a los que luchan en primera línea contra la pandemia. Los hay que, desde el gobierno, presumen de que les debemos la vida por su eficacia, como si ellos hubieran inventado la vacuna ¿No son capaces de llegar a un acuerdo para excluir de la batalla electoral todo lo relacionado con la pandemia? Aunque solo fuera por infundir tranquilidad en una crisis que si algo requiere es sosiego.

Deberían vacunarnos, ya de paso, contra la pandemia de la queja crónica. Aunque solo fuera para curarnos en salud.

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