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Juan Gaitán

La tierra baldía

Hemos llegado a abril con solo un 10 por ciento de vacunados

Se nos ha ido marzo entre su propios vientos. Marzo siempre tiene las manos cargadas de ventoleras, manchadas de semillas que esparce sobre las horas cansadas de sus tardes. Se nos ha ido marzo y con él la esperanza de estar casi todos vacunados. Esperábamos eso, que la primera luna llena de la primavera nos pillara al menos a medio camino de la inmunidad, a la mitad del regreso a nuestras propias vidas, pero tenemos lo que tenemos, políticos absurdos absurdamente empeñados en ser ellos mismos y revolcarse en sus miserias, en dedicar el tiempo a sus guerritas en vez de a buscar el modo de salvarnos o devolvernos la vida.

Y así hemos llegado a abril, el mes más cruel a decir del poeta, con solo un diez por ciento de vacunados según las últimas y muy desalentadoras estadísticas. Ese porcentaje, que debería sumirlos en la vergüenza y el oprobio, no parece afectar a nadie más que a quienes aguardamos con el miedo en el cuerpo a que lleguen las dos dosis del milagro.

"Yo pensaba que ante tamaña tragedia los políticos despertarían por una vez de su juego y mirarían de verdad la vida"

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Yo pensaba (porque algunas veces uno, después de treinta y cinco años de periodismo y haber visto tanto y haber comprobado aquello que Camus puso en boca de su Calígula, que “los hombres mueren y no son felices”), yo pensaba, decía, que ante tamaña tragedia por una vez despertarían de su juego y mirarían de verdad la vida, se percatarían de que hay una estela de muertes que deberían haberse evitado si su maldita desidia no rellenase los huecos que va dejando su maldita ambición y se aprestasen a hacer lo necesario, lo que se espera de ellos.

Pero ha sido, está siendo imposible. “España incumple sus objetivos de vacunación”, claman los titulares de los periódicos en el desierto de una opinión pública que solo tiene ojos para Rociíto y esa mentira que es siempre la televisión. Y, mientras, los centros de salud cierran por vacaciones de Semana Santa y todo el mundo vuelve a esperar, que esperar es el verbo por antonomasia en España, donde todo espera hasta la desesperación.

De modo que aquí estamos, inaugurando abril, ese abril que “engendra lilas en el campo muerto, confunde memoria y deseo, revive yertas raíces con lluvia de primavera”. Si alguna vez tuvo sentido ese poema de Elliot, y en especial su título, “La tierra baldía”, es precisamente ahora. ¿Cómo ha llegado abril hasta aquí? No conozco la respuesta, ni tampoco sé cómo hemos llegado nosotros hasta abril después de haber dejado un reguero de sombras que impiden la mañana, la vida, la primavera.

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