Irremisiblemente el virus siempre va por delante. Los políticos y los expertos llevan un año proclamando que no hay otro remedio a este desastre que las vacunaciones en masa. Lograr el antídoto era el gran reto y los ciudadanos de todo el mundo exigían sin atisbo de duda conquistarlo rápido. Cuando por fin llegó el suero milagroso en un tiempo récord, germinó una legión de escépticos e inconformistas que pusieron en duda su eficacia, así son los tiempos. Ahora que con las primeras inoculaciones queda demostrado que los casos graves disminuyen, algunos hospitales respiran aliviados y la muerte ya no visita con tanta frecuencia los geriátricos, no hay forma humana de fabricar y distribuir dosis en cantidades suficientes. Al menos para Galicia, para España y para sus socios comunitarios.

Las expectativas sobre una fulgurante campaña de inoculación que nos salve del covid disminuyen. El recorte de dosis frena el lento ritmo de vacunación. Con la crisis de suministros, el panorama empeora aún más. La Xunta reconoce que va ser muy difícil vacunar al 70% de la población en el verano por la falta de remesas. A este ritmo cansino la población quedará expuesta todavía durante muchos meses al riesgo de enfermar, al agobio de la fatiga pandémica, a la penuria de otro ejercicio en blanco para miles de negocios y a las cepas mutantes. La variante británica, la más explosiva por su mayor capacidad de contagio, está ya detrás del 90% de los casos en Galicia. Hasta del 100% en áreas como Pontevedra y A Coruña.

Lo que ocurre exaspera a los ciudadanos porque resulta difícil de comprender. Los países andan enzarzados entre sí y con las farmacéuticas en una bronca, en un sálvese quien pueda, que origina grados distintos de intensidad en el avance del blindaje sanitario. Apenas poco más del 6% de los gallegos y del conjunto de los españoles ha sido inoculado. De los europeos, casi un 11%. Al otro extremo, el 60% de los israelíes, más del 40% de los ingleses y del 25% de los norteamericanos recibieron al menos una dosis. Una pandemia no admite soluciones locales. De nada sirve que unas áreas progresen si otras continúan rezagadas porque el virus no desaparecerá y el peligro permanecerá inalterable para todos. Si el crédito de las instituciones y los dirigentes raya mínimos históricos, este espectáculo de intereses entrecruzados de índole financiero, comercial, empresarial, nacionalista y geoestratégico amenaza con pulverizarlo definitivamente. En particular, el de quienes pierdan la batalla.

Europa se la juega. Precisamente, los líderes comunitarios revisaron hace una semana en una cumbre telemática la distribución de dosis ante los fallos de suministro. El papel irrelevante al que la relegan las potencias y el ninguneo al que la someten los laboratorios tambalea el espíritu comunitario y carga de munición a los euroescépticos, entre quienes no militan precisamente los gallegos. La enorme paradoja del asunto es que los 27 han sido a la vez flotador y lastre. Que el desastre habría sido mayúsculo con cada nación operando por su cuenta no impide a la vez reconocer la dependencia productiva, la miopía y el quijotismo con el que se gobierna desde Bruselas.

Los ciudadanos difícilmente aceptarán otro verano en arresto: no existe en perspectiva ningún plan para intentar aliviarles de esa carga, como tampoco lo hay para preparar la pospandemia

Ha quedado patente la incapacidad de fabricación comunitaria en un sector vital como el de los medicamentos. EE UU puso encima de la mesa 18.000 millones de euros para desarrollar a ciegas los ensayos de las inyecciones. Los socios europeos cinco veces menos. Y mientras la UE exporta vacunas al Reino Unido, éste no permite recíprocamente lo mismo hasta que su mercado interior quede completamente atendido, desabasteciendo al resto.

Galicia, con libre movilidad por casi todo su territorio, remata la Semana Santa de las escapadas fugaces con medidas restrictivas para evitar entrar en la cuarta ola. Hemos contemplado paradojas insuperables, como la de un extranjero tumbado estos días al sol de Canarias y Baleares y un gallego no pudiendo gozar de sus vacaciones fuera de la comunidad. A pesar del extremo celo, habrá que aguardar a los efectos en la región de estos días vacacionales, a los que llegamos estabilizados pero ya con un repunte de contagios en algunas áreas desde el puente de San José. Otras comunidades empeoran. Los gallegos difícilmente aceptarán afrontar otro verano en arresto. No existe en perspectiva ningún plan para intentar aliviarles de esa carga, como tampoco lo hay para preparar la pospandemia.

Por si no fuera bastante desgracia, la recuperación, sin atisbarse, da síntomas de enfriamiento. El Banco de España, supervisor independiente al margen de la propaganda y la polvareda de la política, acaba de destrozar las previsiones de La Moncloa al temer un frenazo en la inmunización y una deficiente gestión de los fondos europeos, la vacuna económica.

Hay dos tipos de administraciones: las que funcionan de verdad y las que lo aparentan en una realidad paralela de ayudas que nunca llegan y promesas incumplidas sin coste alguno. Los ciudadanos toleran la inutilidad como si dieran por imposible corregirla o creyeran que no está en su mano frenarla promoviendo a los mejores. ¿Cuándo caerán en la cuenta de que Europa, España y Galicia serán lo que los europeos, los españoles y los gallegos quieran?