Lo escribió alguien en Twitter y lo recogió el catedrático José Luis Jiménez, uno de los científicos que más y mejor está divulgando sobre la transmisión del coronavirus: comprar toneladas de gel hidroalcohólico y descuidar la ventilación es como plantear el sistema defensivo de un equipo de fútbol para que no te meta un gol el portero del equipo contrario. Puede pasar que te marque el guardameta rival, pero ningún entrenador en su sano juicio ordenaría su defensa para evitar tal (remota) posibilidad. Es decir, el contagio por contacto con objetos (fómites) puede ocurrir, pero es mucho más improbable que el que ocurre por inhalación del aire exhalado por una persona infectada. También sabemos que la probabilidad de contagiarse al aire libre es 20 veces menor que en interiores, donde la distancia no es garantía de seguridad.

Por todo esto extraña que el Gobierno obligue a llevar mascarilla incluso cuando estemos en la playa, tumbados en la toalla, solos o con convivientes, y a varios metros de otras personas. La brisa renueva el aire constantemente, por lo que la probabilidad de contagiarnos de esa forma tiende a cero. Otra circunstancia diferente es si paseamos por la orilla de las playas, generalmente atestadas en verano, cruzándonos con no convivientes.

Haría bien el Gobierno en explicar la dinámica del contagio y la mayor gravedad de las nuevas variantes. En cambio, Fernando Simón les resta importancia y Pedro Sánchez, alérgico a dar malas noticias (o sea, a la verdad) solo habla de vacunas, ansioso por ponerse la medalla.