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Xaime Fandiño

LA ACERA VOLADA

Xaime Fandiño

Entre la Fábrica del Gas y el cementerio viejo

Crónicas de niñez y juventud de un vigués deslocalizado

Bajando la calle Llorente, al fondo, en ese lugar de encuentro que forma una “T” con Santa Marta, donde hoy se ubican unos edificios que tienen por frente el cine y hogar de los Franciscanos, estaba la Fábrica del Gas. Ese lugar, junto al cementerio viejo, situado en la zona de las actuales escaleras que bajan de Pi y Margall a Picacho, fue el centro de operaciones de mi niñez.

Al salir del cole, pillábamos en casa al bocata de chorizo, o mismo pan con chocolate y nos internábamos en la Fábrica del Gas. Un lugar misterioso, abandonado y sobre todo peligroso, si lo imagino hoy con los ojos que da la edad. Al recinto fabril abandonado se podía acceder por un par de portalones que, aunque permanecían clausurados para los viandantes que bajaban, por ese camino de tierra hacia el Berbés o a la iglesia de San Franciso, a nosotros no se nos resistían. En cualquier caso, había una forma más acrobática de entrar al recinto y era jabeando, término con el que denominábamos la acción de encaramarse y saltar una tapia.

La parte superior del muro que circundaba la antigua factoría, alojaba en todo su perímetro una línea eléctrica compuesta por dos gruesos cables que en su día soportaron la alta tensión. Si bien, por esos conductores ya no circulaba la corriente en aquel momento, la gente, excepto nosotros, lo desconocía. Cuando jabeábamos por el muro para saltar a su interior, bien para internarnos por aquella selva de instalaciones y deshechos de arqueología industrial o, porque jugando a futbol en la calle Santa Marta, entre el bar Roucos y la bajada de Llorente, alguno de nosotros ginsaba la pelota, que era la denominación que utilizábamos para definir un chute desafortunado que llevaba al esférico a salir volando al otro lado del muro; las personas que nos veían trepar por esa pared e intuían que, en nuestra intención de saltar al otro lado de la tapia íbamos a ayudarnos agarrando con nuestras manitas aquellos cables tan gruesos, comenzaban a gritar pensando que seríamos fulminados de inmediato con una descarga eléctrica. Nosotros, a veces, para seguirles la corriente al tocar la línea simulábamos que nos daba un latigazo. Al ver que todo era un paripé, la persona meneaba la cabeza exclamando ¡estes rapaces!.

El interior de la Fábrica del Gas, la primera planta encargada de abastecer de energía eléctrica a la ciudad, por aquel entonces ya inactiva, era un lugar siniestro y deshabitado. Había partes llanas con hierba corta y otras sinuosas de tierra con charcas y pozas. Recuerdo una especie de piscina circular muy grande que estaba situada en la parte baja del recinto donde hoy finaliza Torrecedeira, así como unos galpones industriales desvencijados situados tras el muro que corría paralelo a Santa Marta, la calle donde vivían, Andresito, Chuchi, Jacintín, Armando… mis amigos de la zona.

Mi casa estaba en Pi y Margall, en un edificio que ya no está, al lado de la confitería Ramos, regentada por don Ricardo. Como de su fachada pendían tres apliques luminosos redondos enganchados por unos brazos de metal, todos le llamábamos “Las tres luces”. Tenía las mejores roscas de Niza de la ciudad, unos borrachos exquisitos, pero para nosotros el plato fuerte eran los caramelos de Altea a perra gorda.

Al bajar la calle Llorente tras un gran portalón de madera estaba el aserradero-vivienda de los Marzoa. Una de sus hijas, Picuca, un poco mayor que nosotros, era una conocida deportista del baloncesto local que formó parte de la primera plantilla del Celta femenino. Unas casas más arriba vivía Reixa con su familia y a continuación Peregrina, la modista del barrio, la madre de Tucho, Jose y Mirito que, después junto a su marido, montarían el bar Carballo en la calle Gil. El de las famosas empanadillas; si continuabas doblando a la izquierda en oposición a Santa Marta, en la esquina había un pequeño ultramarinos sorteado por un grupo de casas donde vivía nuestro amigo José Vila con su familia.

Así, por nombre y apellido, le llamábamos en el barrio a un chico atrevido que muy joven, se casaría con una chica inglesa, se convertiría en un outsider inconformista y viviría para siempre con el seudónimo de Patata.

Continuando a través de un angosto callejón bajo el muro de los Redentoristas se llegaba a un lugar descampado denominado el “cementerio viejo” donde se ponían las sábanas a clarear, los niños jugaban al modo analógico con arcos y flechas y también se hacían las hogueras de San Juan.

Hasta que, a finales del siglo XIX no se habilitó el cementerio de Pereiró la ciudad disponía de varios camposantos como el de Santiago de Vigo o este de Picacho, cuya denominación de “cementerio viejo” permaneció para sustantivar ese espacio abierto y diáfano durante nuestra generación.

Más tarde se construyeron las casas de los pescadores y la zona pasó a denominarse Corea. Después se hizo la conexión por escaleras con Pi y Margall y se multiplicaron los edificios desapareciendo aquel entorno verde del antiguo camposanto que alternábamos para nuestros juegos y fechorías con los espacios más misteriosos de la Fábrica del Gas. Dos lugares especiales donde nos sentimos libres y alejados de la calle de arriba por donde pasaban los tranvías.

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