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Ceferino de Blas.

El retorno del Campus

La Universidad de Vigo dejó de sentirse plenamente de la ciudad cuando se alejó y se fue al campo, por lo que muchos vigueses solo tenían noticias de ella al reclamar más autobuses de Vitrasa para transportar a los alumnos.

Sin embargo cronológicamente la Universidad tuvo sus orígenes en el centro de Vigo con la Escuela de Industriales e históricamente con la de Comercio, creada en 1921. A raíz de su implantación se albergó la esperanza de que se convirtiera en la Universidad Comercial, pese a que, al comienzo, se vio obligada a compartir aulas con la Escuela de Artes y Oficios.

Cuando se fundó la actual Universidad de Vigo, el Rectorado se instaló en la Casa de Fernando Carreras, un soberbio edificio construido en 1865, que también había acogido al Banco de España y después al Gobierno Militar.

Como las facultades del campus se edificaban en los terrenos de Lagoas Marcosende, se quería que el Rectorado tuviera sede en Vigo, donde hubiera un buen auditorio que pudiera ser utilizado como aula magna, para reuniones del claustro y solemnidades como la investidura de doctores honoris causa.

Desde su arranque la Universidad ha incrementado su prestigio hasta figurar en los ranking como una de las 500 mejores del mundo, lo que demuestra su capacidad docente e investigadora. A efectos de imagen, aporta entre sus activos el lanzamiento satélites que cubrieron con éxito sus misiones en el espacio.

En el aspecto estrictamente académico la Universidad de Vigo cumple con nota sus objetivos, pero su lejanía de la sociedad no ha permitido lo que en otras viejas sedes es característico: que se note el ambiente universitario en la ciudad.

"Resulta magnífico que se haya decidido ubicar unas instalaciones en el Berbés y se piense en otro local de la calle López Mora"

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La causa es la distancia. Un equipo rectoral que concebía el campus al estilo clásico, como una cápsula donde los alumnos se encerraban para vivir en un ambiente de estudios y trabajo, segregados de la sociedad, decidió abandonar Vigo para trasladarse al monte. Vendió el edificio del primer rectorado y la Universidad se desmembró de la ciudad, donde solo quedaron las dos escuelas primigenias.

Las nuevas tecnologías y la circunstancia de la pandemia han demostrado que los campus al estilo clásico ya no son la única fórmula para una gran universidad, porque la docencia presencial es sustituible con buenos servicios informáticos, y el alumnado puede complementar el campus con el trabajo telemático.

Es tal vez una de las razones que ha inducido al actual equipo rectoral, que comanda Manuel Reigosa, vinculado a la Universidad de Vigo desde sus comienzos, en el año 1990, y que conoció la anterior situación, a revisar la decisión de enclaustrarse en Marcosende y volver a los orígenes. Es una noticia que encanta a la mayoría de los vigueses.

Resulta magnífico que se haya decidido ubicar unas instalaciones en el Berbés y se piense en otro local de la calle López Mora, antiguo centro informático de Caixanova, para impartir allí cursos de máster o acoger alguna facultad.

No es que la Universidad se hubiera marchado de Vigo, porque siempre han permanecido los dos centros más antiguos y vinculados a la esencia de la ciudad, industriales y empresariales, pero el resto de la estructura académica, incluido el rectorado, se había ido al monte, dicho sea en el sentido más estricto del término.

Por lo que este comentario bien podría titularse bajar del campo o el retorno, y aunque el primero responde más a la realidad y es más concreto, parece más prudente inclinarse por el segundo: el retorno del campus a la ciudad.

Acercar el campus a la sociedad, incorporando nuevas especialidades y servicios, encontrará muchos adeptos, porque percibirán más próximo el clima universitario y la institución se sentirá más implicada con Vigo.

Volver a los orígenes es rescatar lo que constituyó el principio, y aunque las instituciones y los organismos evolucionan, no deben renunciar a aquello por lo que se conformaron. La Universidad se conformó en Vigo, no solo porque recibe su nombre sino por su carácter politécnico en una población que se califica de industrial y comercial, y por el antiguo y profundo deseo de los vigueses de contar con una institución académica del máximo rango. Si peleó por ella no quiere renunciar a su cercanía.

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