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Matías Vallés.

Sánchez no pone la otra mejilla

Los gobernantes no aceptan dimisiones, las ejecutan. Al día siguiente de recibir un sonoro bofetón de Pablo Iglesias con la dimisión del vicepresidente a la ligera, Pedro killer Sánchez no pone la otra mejilla, sino que devuelve la bofetada degradando a Yolanda Díaz antes de estrenarla, de segunda a tercera vicepresidenta. Del desquite inmediato se extraen tres consecuencias. La primera establece que el presidente no perdona que su socio le arruinara la cumbre azañista con Júpiter Macron, donde quedó tan noqueado por el golpe inicial que admitió que la vicepresidencia en cuestión es propiedad exclusiva de Podemos. En días venideros florecerá la quincalla sobre las disputas en el seno del primer Gobierno de coalición.

La segunda conclusión atañe a la ministra de Trabajo. La Yolanda más cantada desde Pablo Milanés tal vez no esté tan colmada de virtudes, al haber antepuesto dócilmente el cargo a la dignidad, cuando la dignidad del cargo los muestra inseparables. Aquí, la humillación de Sánchez a Díaz también tiene por destinataria la mejilla de Iglesias, por atreverse a proclamar que su sustituta “será la próxima presidenta del Gobierno”. En una subconclusión, el entreguismo de la sobrevalorada Yolanda Díaz exterioriza el alivio que siente el líder socialista, tras la eliminación del creador y enterrador de Podemos. El gabinete vuelve a ser monolítico.

La tercera conclusión es autocrítica o como se diga. El bofetón de vuelta de Sánchez a su vicepresidente fugaz y fugado denuncia el amasijo de titulares de prensa del tenor de “Iglesias deja la vicepresidencia para aspirar a presidir la provincia de Madrid”. Si al deprimido líder de Podemos le quedaran fuerzas para el humor, hubiera anunciado que se jubilaba del Gobierno para participar en los Juegos Olímpicos de Tokio’20. En tal caso, los titulares hubieran añadido contemplativos que “Iglesias deja el Gobierno para preparar el salto de altura en Japón”. A eso se le llama hoy información.

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