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Ceferino de Blas.

La visita de Eduardo Dato

Pasadas las siete de la tarde del 8 de marzo de 1921, el presidente del Consejo de Ministros, el coruñés Eduardo Dato, abandonaba el Senado para dirigirse en automóvil a su domicilio madrileño. Tras el salió una moto con sidecar, en la que viajaban tres anarquistas, que al frenar el coche del mandatario, se acercaron y lo acribillaron a balazos. Uno de los disparos le atravesó la cabeza y murió en el acto.

Tres días después, el Ayuntamiento de Vigo celebraba su semanal sesión, y el alcalde, Maestú Novoa, tomó la palabra para expresar el dolor de la corporación “no solo por tratarse del asesinato del presidente del Consejo sino como protesta contra estos crímenes que se han dado en llamar sociales”.

La corporación aprobó por unanimidad adherirse al duelo nacional y la execración por el crimen cometido. Acto seguido, el alcalde, levantó la sesión.

La corporación era consecuente con el dolor de la ciudad, que el día anterior había procedido a un cierre general de los comercios, en señal de protesta y duelo, siguiendo la invitación de la Federación Social de Patronos y del Círculo Mercantil e Industrial.

Miles de vigueses se habían acercado al Ayuntamiento, ubicado en la plaza de la Constitución, a firmar en las mesas que fueron colocadas al efecto, en “demostración de que el Vigo que trabaja y produce no puede mirar con indiferencia hechos criminales”.

Eduardo Dato solo había estado en una ocasión en Vigo, pero las pocas horas que pasó las aprovechó a fondo, ya que recorrió los lugares que entonces se consideraban más atractivos para un viajero.

Fue en septiembre de 1916, y no era presidente del Gobierno –lo será tres veces–, sino el jefe del Partido Conservador. Había viajado a A Coruña para asistir a la inauguración de la estatua dedicada a Concepción Arenal, y decidió hacer un recorrido por varias ciudades de Galicia. En todas ellas tuvo presencia Concepción Arenal, por la que sentía una gran admiración, como gran jurista que era y miembro de la Academia de Ciencias Morales y Políticas: Ferrol, donde nació, Santiago, que conocía, Pontevedra donde residió y, por fin, Vigo, donde falleció y reposan sus cenizas.

Solo estuvo en una ocasión en Vigo, pero las pocas horas que pasó las aprovechó a fondo

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Estuvo en Vigo en la tarde del 21 de septiembre. Comenzó la estancia con una reunión en el Ayuntamiento, del que era alcalde Fernando Conde, siguió con una visita a O Castro, entonces propiedad del Ministerio del Ejército, desde allí se trasladó a Pereiró, para contemplar el monumento de la gran pensadora, y finalmente fue invitado, en el popular vapor “Vigo”, a realizar una jira marítima por la ría.

Es ilustrativa la selección turística que le prepararon a Dato, que abarcaba el aspecto paisajístico e histórico, el urbanístico e intelectual, que se conjugan en la ciudad. O Castro por su ubicación, por la propia belleza del monte, coronado por la fortaleza y las vistas que se contemplan es una referencia. La plaza de la Constitución señala el corazón de la ciudad y forma un complejo urbano interesante de estilos arquitectónicos, que pide a gritos que se culmine la rehabilitación de los edificios en obras.

Pereiró, donde descansa Concepción Arenal, es la necrópolis que acoge la historia viguesa del último siglo y medio y exhibe magníficos panteones que albergan las cenizas de muchos de sus personajes.

La jira por la ría es la culminación de cualquier viaje a la ciudad. No basta una descripción para comprenderla, y las hay bellísimas, porque los escritores sacan lo mejor de sí cuando la ven, pero es algo tan subjetivo que lo único que conviene es realizarla. Y que cada cual le ponga los epítetos que le vengan a la mente por las sensaciones que experimente.

Fue una visita breve, pero plena, un ejemplo para recomendar a los que llegan a Vigo con poco tiempo y quieren captar un fragmento de la esencia de la ciudad.

P.S. El centenario de la muerte de Eduardo Dato merecía mayor recordación, pero lamentablemente se ha politizado a causa de una petición de Vox que desatendió el PSOE, en el ámbito del Ayuntamiento de Madrid, del que había sido alcalde. Fue un gran personaje. Su muerte fue enmarcada por los periódicos dentro de lo que llamaban “los crímenes sindicalistas” o “crímenes sociales”. Una expresión muy de la época, de la que pueden informarse por los historiadores. No es el caso de este artículo.

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