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Dedicado a Dario Villanueva por su libro sobre la corrección política

Gracias a la capacidad de pensar, cada ser humano va conformando en su mente ideas y opiniones. Puede callárselas, guardárselas para sí, convirtiéndose en ese caso en dueño único de sus pensamientos; o bien exteriorizarlas, mediante la palabra, por escrito o a través de cualquier otro medio, en cuyo caso los destinatarios son también los demás. En relación con el tránsito de las ideas del ámbito interno del pensamiento al externo de la comunicación, los sistemas políticos democráticos en sus Constituciones confieren a los ciudadanos un derecho fundamental que es la libertad de expresión. En España, esta libertad se regula en el artículo 20.1.a) CE, que dispone que se reconoce y protege el derecho a expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción.

Si nos atenemos a la redacción literal de este precepto constitucional, la clave de la libertad de expresión consiste en expresar y difundir los propios pensamientos “libremente”; es decir, sin restricciones, obstáculos o dificultades. Pero, como éste es un derecho que tenemos todos, están protegidas por esta libertad no solo las propias ideas, sino también las opiniones de los demás por mucho que contradigan las nuestras. Esto es, políticamente hablando, lo que hace posible el pluralismo político, que es, nada más y nada menos, que uno de los valores superiores de nuestro ordenamiento jurídico, junto con la libertad, la justicia y la igualdad.

Sin embargo, no todos los ciudadanos, ni todas las ideologías políticas, muestran la misma actitud frente a las ideas ajenas. Hay quienes muestran respeto a las ideas de los demás aún cuando sean diferentes y contrarias a las suyas: son los tolerantes. Pero no son pocos los que, en lugar de aceptar las ideas ajenas, se convierten en fanáticos opositores a las mismas, negando a sus contradictores la sagrada libertad de expresar sus opiniones.

Pues bien, allí donde hay verdadera libertad de expresión hay tensión entre las dos actitudes reseñadas. Como escribió Stefan Zweig en Castelio contra Calvino, pugnan tolerancia frente a intolerancia, libertad frente a tutela, humanismo frente a fanatismo, conciencia frente a violencia. Por lo general, todos tenemos, al menos hacia el exterior, una magnífica opinión de nosotros mismos. Razón por la cual se entiende que nos autocalifiquemos como tolerantes, amantes de la libertad, humanistas y con conciencia, y que nos neguemos a ser considerados como intolerantes, autoritarios, fanáticos y violentos. A pesar de lo cual hoy parece que hay una avance imparable de la intolerancia. Y hasta me atrevo a decir que con un punto de agresividad y de odio desconocidos desde la reconciliación democrática que nos trajo la Constitución de 1978.

El filósofo norteamericano Peter Kreeft sostiene que ha habido un intercambio recíproco del significado entre las palabras tolerancia e intolerancia: hoy es tolerante el que antes era intolerante y, al contrario, se considera intolerante al que era tolerante. Y no se trata de un juego de palabras. Porque se considera tolerante al que está de acuerdo con lo políticamente correcto, e intolerantes a todos los que osan estar en desacuerdo con cualquiera de los dogmas de la corrección política. Con una especialidad –concluye Kreeft– que los guardianes de la nueva ortodoxia no se dedican a rebatir las ideas de los que no comparten los dogmatismos de la corrección política, sino que lo que hace es atacar a los atrevidos que osan discrepar.

La clave de la libertad de expresión consiste en expresar y difundir los propios pensamientos ‘libremente’, sin restricciones, obstáculos o dificultades

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Los nuevos “tolerantes son, además, tan ambiciosos de la unidad del dogma que no les basta con ganar cada vez más adeptos a la causa de lo políticamente correcto, sino que persiguen transformar la minoría en mayoría y ésta en totalidad. Como decía Zweig de los partidarios de Calvino, los nuevos censores de la corrección política “gritan en el mercado, pregonando todos y cada uno lo mismo: lo que nosotros enseñamos, es cierto, y lo que no, es falso”.

Pues bien, yo que, por fortuna, creo entender lo que significa la libertad de expresión y trato de practicar la tolerancia, me alzo contra los intolerantes que reprimen, censuran y amordazan cualquier opinión contraria a lo políticamente correcto.

Por eso, me van a permitir que reproduzca unos párrafos de mi cuento “Ahros”, escrito en junio de 1981, en el que ya me preocupaba la tendencia hacia la uniformización del pensamiento. Escribí entonces: “Papá y mamá me dicen, Arhos, que la facultad más importante del hombre es la imaginación. Sin imaginación no hay creatividad, y sin creatividad se detienen la evolución y el progreso. La imaginación, Arhos, es la base de la personalidad y la personalidad es la esencia de la diferenciación. Bueno, papá dice de la heterogeneidad o algo así. Mis padres dicen, Arhos, que estamos sufriendo un proceso constante de igualación a nivel intelectual. Me parece que esto quiere decir que los hombres nos parecemos cada vez más los unos a los otros. Y, a lo peor, los hombres son tan iguales, Arhos, porque ya no pueden decir ni pensar cosas diferentes… Me dicen, Arhos, que se está matando al hombre en sacrificio de todos los hombres”.

Y finalizo. Primero con otras palabras de Stefan Zweig repletas de sabiduría: “La Historia es flujo y reflujo, un eterno subir y bajar. Nunca un derecho se ha ganado para siempre, como tampoco está asegurada la libertad frente a la violencia. Precisamente cuando ya consideramos la libertad como algo habitual y no como el don más sagrado, de la oscuridad del mundo de los instintos surge un misterioso deseo de violentarla”. Y, a continuación, con exhortación: defendamos la libertad porque es el alimento del alma.

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