Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Eduardo Jordá opinador

Los bufones

La sala XV del Museo del Prado es pequeñita y estrecha. Es la sala de los enanos y bufones de Velázquez. Muchos de esos personajes no tienen nombre. Son “el enano con perro” o “el bufón con libros”. Otros tienen apodo, aunque no nombre, como el bufón Calabacillas. Otros, muy pocos, tienen nombre, como Pablo de Valladolid, del que se sabe que era una persona sumamente ingeniosa (hoy en día, si le dejaran, actuaría en el Club de la Comedia, aunque es muy posible que lo denunciaran enseguida por haber incumplido no sé qué norma o por haber ofendido a alguien). El único que tiene nombre y apellido es Francisco Lezcano, el Niño de Vallecas, que es quizá el más triste de todos los bufones de Velázquez. León Felipe, que era un gran poeta -aunque ahora esté casi olvidado-, le dedicó un poema a este Niño de Vallecas: “Mientras esta cabeza rota/ del Niño de Vallecas exista,/ de aquí no se va nadie. Nadie./ Ni el místico ni el suicida”.

Cuando estuve en esa sala -y procuro ir siempre que voy a Madrid-, me quedé parado delante del bufón el Primo, ese que está sentado con las manos en los muslos y que tiene una de las miradas más penetrantes que yo haya visto nunca en un cuadro. Antes se creía que ese bufón era Sebastián de Morra, pero ahora se ha demostrado que no lo es. Es otro bufón del que solo se conoce el apodo, el Primo. Nada más. La última vez que estuve en esa sala XV, tuve la incómoda sensación de que el Primo no me quitaba los ojos de encima. “¿Qué buscas aquí?”, parecía decir. “¿Has venido a ver monstruos, has venido a reírte de nosotros? Pues bien, mírame si te atreves, sí, mírame”. Le obedecí, claro. Y por supuesto, el bufón tenía razón: era imposible sostenerle la mirada. Había tanta tristeza en esa mirada que uno tenía que apartar la vista. Esa mirada quemaba, esa mirada te agujereaba. Pero al mismo tiempo, no había nada servil en esa mirada de bufón. Ni siquiera pedía misericordia ni lástima ni comprensión. Nada de eso. Era una mirada que te observaba de tú a tú, igual que habría mirado al rey o a los validos o a los aristócratas que se paseaban por la corte y le gritaban “Bufón, ven aquí, haznos reír un rato”.

¿Por qué están agrupados todos los bufones de Velázquez en esa pequeña sala XV? ¿Por qué no están desperdigados a lo largo de las demás salas? No lo sé, no tengo ni idea. A mí me gusta que estén todos juntos, como imagino que debían estar cuando se retiraban a sus aposentos. ¿Vivían juntos en un ala del palacio real? ¿Comían juntos? ¿Tenían mujeres, tenían amantes? No lo sabemos. Sí sabemos que a muchos de esos enanos los compraban en unas subastas que tenían lugar en hospicios y manicomios. En Valencia tenía mucha fama la Casa dels Folls. Y desde ahí se los llevaban a las casas nobles donde sus dueños quisieran tener un poco de distracción. Velázquez sabía todo esto, claro está, cuando los pintaba. Pero lo importante -lo maravilloso- es que los pintó. No los consideraba unos simples monstruos que solo servían para hacer reír, unos trastos a los que se les daba una patada cuando sus gracias y sus chistes ya no interesaban. No, para nada. Quiso pintarlos como si tuvieran el mismo rango cortesano que las infantas o los gentilhombres, igual que si fueran el Conde duque de Olivares o el papa Inocencio X. Y allí están ahora, en la sala XV, la de los bufones, uno al lado del otro, todos juntos, bien pegaditos. Es extraño que nadie haya protestado.

Si se va imponiendo la “cultura de la cancelación” retrospectiva que están introduciendo nuestros nuevos inquisidores los destierros y exilios no terminarán jamás

decoration

Porque siempre hay alguien que protesta en esta época en que protestar se ha convertido en un maravilloso afrodisíaco. El otro día, un periodista muy conocido por sus ideas progresistas clamaba encolerizado porque decía que en el Museo del Prado había cuadros que alentaban a la violación. Tiziano, sobre todo. ¡Esos desnudos de mujeres! ¡Esa carne vilmente expuesta a las miradas lujuriosas de los sátiros que entraban en el museo disfrazados de turistas japoneses! ¡Ay, cuánta violencia, cuánta cultura de la violación! La bacanal de los Andrios. Venus recreándose en la música. Dánae recibiendo la lluvia de oro. Adán y Eva (¡desnudos, Dios santo, desnudos!). ¡Qué inmundicia, qué vergüenza! ¡Cuánta carne expuesta, cosificada, violentada! ¡Qué atropello consentido y alentado por nuestras autoridades culturales!

Es asombroso. Tiziano no justificaba violaciones cuando pintaba escenas mitológicas, del mismo modo que Velázquez no pintaba monstruos cuando retrataba al bufón Calabacillas o al Niño de Vallecas. Tiziano pintaba a Europa raptada por el Toro o pintaba a Dánae bañada por la lluvia de oro de Zeus porque así se habían contado estas historias en las Metamorfosis de Ovidio. ¿Era Ovidio un violador? ¿Alentaba la violación y la cosificación de las mujeres? No lo sabemos, aunque Ovidio terminó desterrado por Augusto a los confines del Imperio Romano. ¿Un precedente, tal vez? Puede que sí. Porque si se va imponiendo la “cultura de la cancelación” retrospectiva que están introduciendo nuestros nuevos inquisidores -como ese periodista airado-, los destierros y exilios no terminarán jamás. Primero Tiziano, por haber pintado violaciones. Luego Velázquez, por haber pintado monstruos. Y luego, cualquier otro que se atreva a decir algo inapropiado.

Compartir el artículo

stats