En White Noise, un documental que aborda el auge de la derecha alternativa, se muestran las actividades políticas de unos extremistas influyentes. Richard Spencer es un neonazi que organizó la manifestación en Charlottesville que acabó con la muerte de una persona. Mike Cernovich es un charlatán que se dedica a vivir de los bulos. Y Lauren Southern, la más joven de los tres (25 años), es una YouTuber que teme por la desaparición de la raza blanca. El director, Daniel Lombroso, adopta un estilo más expositivo que explicativo. No se trata, como ya se ha hecho en otros trabajos, de analizar académicamente el fenómeno, ilustrándolo con un contexto histórico o con un marco teórico a través de entrevistas a diversos especialistas, sino de dejar que las personas implicadas digan lo que piensan y por qué lo piensan, de seguirlas en sus visitas a los medios de comunicación, a sus conferencias y a sus mítines.

Como los protagonistas del documental defienden abiertamente el nacionalismo blanco, difunden teorías conspirativas y promueven políticas xenófobas, el reportaje podría acabar transformándose en una plataforma más para que estas personas continúen haciendo publicidad de sus ideas sin tan siquiera ser replicadas. Pero parece que la intención de White Noise es que las ideas y las personas se desprestigien por sí mismas. De ahí que algunas de las declaraciones de Spencer, Cernovich y Southern terminen en ocasiones con unos minutos de silencio reflexivo, a la espera de levantar una sonrisa cómplice en el espectador, como subrayándose, para quien no lo haya pillado, que lo que se acaba de decir carece totalmente de sentido.

Es un negocio muy antiguo, el del miedo, con unos efectos políticos ya muchas veces reseñados.

El objetivo es, como decíamos, pasar y ver. Estos son los personajes detrás del movimiento. Ahí están reflejadas, sin notas a pie de página, sus contradicciones, sus disparates, su oportunismo. El fascista que no asume las consecuencias violentas de sus palabras. El activista social que se lamenta de no poder sacar más rentabilidad al discurso de odio. La influencer que, muy consciente de que con la controversia se puede construir una marca, realiza campañas contra los inmigrantes africanos aun reconociendo la dificultades que éstos últimos padecen.

Detrás de las supuestas causas que todos ellos dicen defender se puede contemplar las más intensas de sus motivaciones: la fama y el dinero. Decidieron invertir en alt-right, ese nicho de mercado en el que, a base de clics y likes, muchos se han labrado una carrera ocupando el espacio de los intelectuales públicos. Es un negocio muy antiguo, el del miedo, con unos efectos políticos ya muchas veces reseñados. Aunque me temo que los seguidores de estos propagadores del odio no se sentirán defraudados con ellos en este documental, por muy mal que salgan retratados, pues protagonizarlo constituye una prueba del éxito acumulado.