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Pedro de Silva.

Muerte y vida de la librera

Antaño algunos trabajos imprimían carácter en quienes los hacían, y al revés, estos daban un sentido personal a lo hecho. El impresor (alguno asimismo editor) sabía de las entrañas de lo escrito manejando letras y palabras para formar las cajas. El farmacéutico preparaba fórmulas magistrales y sabía, con auxilio de su ciencia, todo lo que había detrás de un medicamento, y aconsejaba. De igual modo muchos libreros sabían de gran parte de los libros de sus estantes porque los habían leído o porque les llegaba el conocimiento por diversas vías: la editorial, unas páginas leídas en oblicuo, lo que se decía o escribía de ellos, el comentario del asiduo. Conchita Quirós era de esta clase, pero además una empresaria formidable del libro que había logrado instalarse en el tiempo de hoy por su energía, coraje, sagacidad y corazón. La idea de librera simplemente era ella, y lo seguirá siendo.

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