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Dezcállar azul

La UE debe repensar su relación con Rusia

Rusia puede ser muchas cosas a la vez para Europa: un aliado esporádico, un suministrador energético, o una amenaza sistémica, no siempre es un vecino amistoso pero siempre es importante. Que es muy grande y que está muy cerca es una obviedad que conviene no olvidar nunca. La visita a Moscú de Josep Borrell, Alto Representante de la UE, ha sido inoportuna y mal preparada. Un desastre sin paliativos. El ministro ruso de Exteriores le humilló al comparar la situación del casi asesinado y luego detenido Navalny con los presos mitineros del procès, sin que él acertara a replicarle como merecía. Y luego, mientras almorzaban, Rusia declaró personae non gratae y expulsó a tres diplomáticos de Alemania, Polonia y Suecia. Borrell no se debía creer lo que le estaba pasando. Pocos días después Lavrov remataba la faena al mostrarse dispuesto a romper relaciones diplomáticas con la UE por considerarla un “socio poco fiable”. Al Kremlin le irrita mucho que alguien se meta en lo que considera sus asuntos internos.

Rusia muestra así una imagen represiva de puertas adentro, y de confrontación con Europa de puertas afuera. Porque le conviene con vistas a las legislativas de septiembre, porque no nos teme, no nos toma en serio y piensa que la necesitamos más que ella a nosotros, que queremos su gas, y porque sin su cooperación no solucionaremos otros asuntos que nos preocupan desde Libia a Bielorrusia. En el fondo esta actitud es una huida hacia adelante, una muestra de debilidad, de falta de proyecto y consecuencia de su incapacidad para democratizarse y enfrentar la creciente oposición ciudadana que estos días llena sus calles. Lo que pasa es que para hacer frente a Rusia antes tenemos que ponernos de acuerdo entre los 27. Y ahí tenemos un problema.

Rusia no es fácil para Europa. La comunidad internacional logró evitar que la desaparición de la URSS desembocara en una carnicería peor que la de Yugoslavia, pero luego no supimos integrar a Rusia en el nuevo orden geopolítico sucesor de la Guerra Fría. Y mientras los EE UU ven a Rusia como un problema estratégico menor (“potencia regional” la llamó Obama), para nosotros Rusia es a la vez un problema estratégico y un problema de vecindad, a lo que se añade una dependencia energética que ilustra el actual proyecto Nordstream 2 que llevará gas ruso a Alemania sin pasar por Ucrania y que irrita mucho a Washington.

Con la política errática de Trump creció el distanciamiento y la desconfianza entre Bruselas y Washington, también sobre Rusia, sin que tampoco ayudara su actitud al desestabilizar el Este de Ucrania y anexionarse Crimea violando los acuerdos del Acta Final de Helsinki. Con Biden esperamos cambios, firmeza con las injerencias cibernéticas rusas o con las violaciones de derechos humanos, pero al mismo tiempo entendimiento con Moscú donde los intereses lo aconsejen como pueden ser el cambio climático o las negociaciones sobre desarme. Por nuestra parte deseamos concertación con los EE UU sobre Rusia, pero sabemos que será complicada porque los europeos carecemos de una posición común al respecto: mientras Italia o Grecia son “comprensivos” con Moscú, los países que formaron parte de la órbita soviética son partidarios de posturas muy duras, y Alemania no quiere perder oportunidades de negocio. Moscú lo sabe, quiere una Europa débil y por eso juega a aumentar nuestras diferencias.

Y en el caso de España ha aprovechado la visita de Borrell para enviarnos un aviso muy poco sutil en relación con Cataluña: “No me toquen las narices porque también yo se las puedo tocar a ustedes”. No debería ser así pues los 27 triplicamos la población de Rusia, nuestro PIB es nueve veces mayor y gastamos tres veces más en Defensa. Nos pierden la desunión y la regla que exige unanimidad para tomar decisiones en el ámbito de la política exterior, porque nadie nos tomará en serio mientras no seamos capaces de hablar con una sola voz y no dispongamos de una fuerza militar que la respalde. Por eso es importante cambiar lo que haya que cambiar, repensar nuestra estrategia sobre Rusia y reactivar el Diálogo Trasatlántico. Nos jugamos el futuro, así de sencillo.

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