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Carmen Martínez-Fortún

Pandemia y soledad

Decía Cortázar que hay algo que el tiempo, a pesar de su capacidad destructora no puede anular: “Y son los buenos recuerdos, los rostros del pasado, las horas que uno ha sido feliz”. Frase poética por más que utópica, pues en esta época de longevidad sabemos bien que un corazón que late no garantiza la memoria. Es cierto, sin embargo, que salvo para quienes padecen una enfermedad que los borra, el tiempo, que no respeta ni la belleza ni la tersura ni la inocencia ni muchas veces la curiosidad, ese enemigo que lo manosea todo, que arrambla con lo respetable y con lo que no lo es, no es capaz de enterrar los recuerdos. Y esa verdad incuestionable es un arma de doble filo. Pues puestos a recordar la luz dorada de la infancia, veranos mágicos e inviernos fecundos, y la juventud, divino tesoro de imprudencias y descubrimientos, la armonía familiar de voces infantiles, baños y deberes, antes de que el largo pasillo arrastrara tardes y tardes de silencio sordo; puestos a recordar las gracias y los gestos de nuestros queridos muertos, la inconsciencia feliz de una época en que solo vivir y apurar la vida era nuestra obligación, muchas veces la nostalgia y la añoranza amenazan por convertirse en una pena profunda por lo perdido. Y en esos casos, solo conozco un antídoto y es compartirlos. En compañía esas remembranzas suscitan risas y agradecimiento por la felicidad vivida. Existe en cambio un factor que agrava el dolor hasta volverlo desesperado, y es la soledad que multiplica el sufrimiento por lo que no volverá.

Por eso esta pandemia es el doble de asesina. Por eso, no solo nos mata el virus, que nos mata y es disparate culpable el negarlo. También nos mata la soledad. Los estragos de la pandemia no solo quedan en los pulmones o en el pelo o en la voz, sino que tanta fatiga duele en el cerebro y en el corazón. Por eso considero que no solo es letal la disyuntiva entre economía y salud, sino entre salud y salud que toda es la misma. De los pulmones o del alma. La soledad mata. Luchemos, con prudencia, pero luchemos para no añadir más dolor.

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