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Xaime Fandiño

LA ACERA VOLADA

Xaime Fandiño

De los paseos por Príncipe al TriBeCa etílico

Crónicas de niñez y juventud de un vigués deslocalizado

Príncipe desde la entrada de Urzaiz. A la izquierda, El Flamingo. Música en directo a diario a través de una cristalera.

Príncipe desde la entrada de Urzaiz. A la izquierda, El Flamingo. Música en directo a diario a través de una cristalera.

El paseo por Príncipe los domingos y fiestas de guardar fue, en otro tiempo, un rito obligado para la juventud viguesa. Al atardecer chicos y chicas dábamos vueltas infinitas de un lado hacia otro, desde el kiosco de garrapiñadas de Carmela a la confluencia con López de Neira, cruzando bromas, guiños y sonrisas.

Estos paseos sin fin se hacían en grupos de interés denominados pandillas. Destacaban las que estaban de algún modo vinculadas a la recién llegada música rock. Una de las más conocidas era la pandilla de “los conguitos” que, liderada por los hermanos Bao estaba muy ligada al conjunto músico-vocal de otros hermanos, los Bordallo. Con el nombre de Los Diábolos, la formación de Carlos y Pepe era una referencia entre los jóvenes de la ciudad, tanto por su sonido y repertorio, como por su militante estética e indumentaria. Una imagen que transmitía sin complejos el cambio social que se estaba produciendo. En el futuro los hijos ya no imitarían la estética de sus progenitores.

El paseo dominical evolucionó y la calle del Príncipe pasó de ser un espacio de jóvenes sin rumbo fijo, al lugar de conexión e información extraoficial de lo que se cocía en el apartado más underground de la ciudad: los guateques. Una especie de fiestas privadas con pickup y alcohol en las casas de los colegas en ausencia de sus padres. Un lugar donde los jóvenes tenían sus primeros escarceos amorosos. Con esta alternativa que se tornaba más interesante, los adolescentes dejaron de frecuentar el paseo en Príncipe. Optaron por dejar de seguir gastando suela y dedicarse a algo más productivo y acorde con sus intereses, tales como los referidos guateques y otros lugares de socialización urbana: las tascas y los baretos.

En el entorno de Príncipe, en la zona donde en su día se asentaba la sede de la cabecera del diario El Pueblo Gallego, había lugares de rito y culto para los jóvenes y no tan jóvenes de la época.

El triángulo formado por las calles Perú, Travesía de la Aurora y Doctor Cadaval era el sancta sanctorum de esos baretos y tabernas. Una especie de TriBeCa (Triangle Bellow Canal Street), pero en vigués y en etílico.

El Miami era el lugar iniciático de los adolescentes de la época, a partir de los catorce años ya podías recibir el bautismo alcohólico. El local consistía en una especie de pasillo angosto, donde nos disputábamos el espacio tanto los clientes como los que nos atendían detrás de la barra. Una especie de camarote de los hermanos Marx. No logro entender aún hoy cómo cabíamos tantos a la vez. Las especialidades eran un vino espumoso, dulce y achampanado que llamaban Rosal –no se qué denominación de origen podía tener aquello–, junto a unas empanadillas con mucho aire y un poco de cebolla en las que a veces, de casualidad, te encontrabas con un tropezón de carne picada. El dulzor de aquel espumoso vino frío, unido a lo calientes que salían siempre las empanadillas funcionaba muy bien al paladar, era un poco así como lo que sucede con los McDonalds de hoy, el sabor te quedaba instalado en el sistema papilar y tenías que volver. A día de hoy aún me viene a la cabeza la sensación olfativa de aquella degustación. No sé, pero visto lo visto, me da por pensar que la suma de la empanadilla más el Rosal era adictiva.

Cuando con el paso del tiempo superabas la candidez gastronómico-etílica del Miami entrabas en opciones más fuertes como las tazas del Cotorro y las banderillas picantes. Esto era ya otra división. Manolo, el propietario de la tasca, tenía ocultas de la vista de los clientes unas botellas rotuladas con etiquetas que ponían: “nada”, “otra cosa”, “cualquier cosa”. Estaba siempre expectante de que apareciera un grupo en el que alguno de sus componentes pronunciara una de las palabras tabú. Imaginemos que entraba una pandilla; cada persona pedía una taza de vino pero uno de ellos decía: “yo nada”. Manolo iba raudo y veloz hacia la botella con la inscripción ad hoc y, por si se arrepentía de su decisión, le servía rápido y mientras caía el líquido indefinido en la taza le espetaba: “aquí, nunca pida nada”.

Allí, todavía muy jóvenes Pili y yo quedábamos de vez en cuando con Urbano Lugrís, que vivía en el edificio de al lado. Manteníamos una de auténtica relación intergeneracional pues él era ya mayor. Mientras hablábamos de lo divino y lo humano sentados ante unas tazas de ribeiro, Urbano iba haciendo dibujos en la mesa de mármol. Cuando nos levantábamos para marchar Manolo venía veloz con un paño empapado y borraba aquellos originales de Lugrís. ¡Quién pillara hoy esos bocetos! Urbano, con el que habíamos entablado gran amistad, un día de repente nos dijo que había pintado un cuadro inspirado en nosotros y que nos lo iba a regalar, luego falleció y el resto es historia.

En la Travesía de la Aurora estaban ubicados el Eligio y la Viuda. El hijo de Eligio “elihijito“, era de la pandilla de Palacios, un compañero de colegio que tenía un gran piso amueblado pero deshabitado en el centro de Príncipe y que se convirtió en nuestro centro de operaciones. Enfrente, apostado delante de las galerías Alfredo Romero, con sus periódicos repartidos a modo de kiosco ambulante por las escaleras de acceso a estos grandes almacenes de confección estaba Castro que, a la vez que hacía equilibrio con un ejemplar en la punta del dedo coreaba: ¡Faro y Pueblo!

La taberna de la Viuda era de la familia de Lareo, también otro compañero de cole. Los Salesianos daban mucho de sí.

Aunque a estos dos locales acudíamos con cierta asiduidad no los frecuentábamos tan a menudo como los anteriores y otro que citaré a continuación. Estas dos tabernas de la Travesía de la Aurora tenían cierto toque entre snob y elitista y nosotros realmente estábamos en otra guerra.

El Águila era un local grande, frío, todo acristalado que, con una estética indefinible, transmitía la sensación de que no estaba acabado. Era el más grande de la zona y daba a dos calles, Perú y Doctor Cadaval. No era un local de vino, de hecho, a día de hoy, no sé de qué era porque nosotros que andábamos rascados nos sentábamos y no consumíamos demasiado. Herminio regentaba el bar. Era un tipo tranquilo que físicamente recordaba al presidente Nixon y no mediaba palabra. El local era ideal para refugiarse en los días lluviosos con las guitarras y cantar mientras Herminio asistía impasible al espectáculo. Allí nos juntábamos de forma habitual con Antonio Camarero, Asun Vaamonde, José Guillermo y Carmela..., así como con Rosa y Humberto Baena, para nosotros Xosé, que años más tarde sería una de las personas que se llevaría por delante el dictador.

Un domingo, no sé quienes estábamos enfrascados en charlas y canciones, sólo recuerdo a Chimay compañero de Deteriorados y, sin saber por qué, apareció un furgón policial y metió para adentro a los que no lograron escapar. A Herminio también.

Ya en la comisaría el inspector, al que no se le veía muy entusiasmado de estar de guardia en domingo, previo a tener que devolver a Herminio de nuevo a su local para recoger el DNI y poder proceder a la denuncia, comenzó preguntando a éste cuál era el motivo de su reclamación a lo que Herminio respondió: “Cantan, baten nas mesas e din tacos”. El comisario, al que se le veía superado argumentó: “Pero Herminio, Herminio... los bares son así. Si atiendo a lo que me dice tengo que cerrar todas las tabernas de la ciudad. Se me llena esto”. Buscando zanjar el tema de una vez concluyó: “¿Qué quiere que le haga a estos chicos?”. Herminio que era una buena persona concluyó: “Que non o fagan máis”. La anécdota no tuvo consecuencias mayores, la vida transcurrió y todos seguimos siendo asiduos a diario al TriBeCa etílico de nuestra ciudad.

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