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Juan Carlos Laviana.

Más allá del Negrón

Juan Carlos Laviana

Necesitamos unas negritas

Reflexión acerca de la necesidad del periodismo de reinventarse continuamente a partir del estreno de dos documentales sobre Francisco Umbral y Manuel Leguineche

Necesitamos unas negritas

Por azares del destino, coinciden los estrenos de sendos documentales sobre Francisco Umbral (Filmin y unos pocos cines) y sobre Manuel Leguineche (TVE). Si añadimos el aún fresco centenario de Miguel Delibes, padre periodístico de los dos anteriores, tendremos el trío completo de los mejores periodistas, cada uno en su especialidad, de la segunda mitad del siglo XX.

La coincidencia provoca, de forma inevitable, una reflexión sobre un periodismo, el actual, en crisis crónica y muy necesitado de ideas. De las historias de los colosos tenemos mucho que aprender. No es solo nostalgia. No es que ellos tuvieran la fortuna de ejercer en la edad dorada del periodismo. O del “periodismo del pelotazo”, como lo han bautizado con menos delicadeza una nueva generación empeñada en demostrar cada día que el periodismo nació con ellos.

Umbral, Leguineche y Delibes no lo tuvieron fácil ni nadaron en la abundancia. En absoluto. Vivieron bajo una asfixiante dictadura que controlaba la mayoría de los medios, pelearon contra la censura inflexible, pasaron penalidades, pero, pese a todo, los tres innovaron de forma decisiva el oficio que eligieron. Si nosotros nos enfrentamos a una traumática transición, ellos hicieron su propia transición, no menos traumática, de un periodismo bajo la bota a un periodismo libre.

En la película “Anatomía de un dandy”, se oye a Umbral contar que cuando Juan Luis Cebrián le llamó para escribir en la última página de “El País”, le pidió que se inventara algo nuevo. Y Umbral se inventó las negritas. En realidad, copió las versalitas de Alfonso Sánchez, gran cronista de sociedad y popular crítico de cine que recordarán los más viejos.

El invento de las negritas de Umbral fue una revolución en el periodismo. Esa aparente fruslería tipográfica provocó que cientos de miles de personas compraran el periódico para ver a quién masacraba o glorificaba Umbral con sus negritas.

El hecho de que Umbral fuera un fanfarrón, un egoísta, un machista, un pesetero, un mal compañero, lo que usted quiera, no resta un ápice a su mérito. Fue un genio literario que revolucionó el columnismo. Aún se le sigue imitando con escaso éxito, ya que su estilo era tan personal que copiarlo es poco menos que una misión imposible. Una oferta millonaria, unida al malestar que había creado en la redacción de “El País”, facilitó el cambio de cabecera. El narcisista Umbral llegó a exigir al director que los artículos de Rosa Montero o Manuel Vicent –dos muy buenos amigos suyos– no aparecieran en la última página, que quería exclusivamente para él.

También se puede escuchar en la película a Umbral desvelando los detalles de su fichaje por parte de Pedro J. Ramírez, primero para “Diario 16” y luego para “El Mundo”. Umbral preguntó al director por qué tenía que escribir los siete días de la semana y no podía escribir sólo dos o tres. Y Ramírez le contestó, siempre según el imaginativo escritor, que resultaba imprescindible que escribiera a diario, porque sus columnas eran una droga que los lectores necesitaban todas las mañanas, y su obligación era dársela para que siguieran comprando masivamente el periódico.

El documental de Umbral –al igual que el de Leguineche– provoca un enorme desconsuelo al periodista de hoy. ¿Cómo hemos podido cambiar tanto? ¿En qué momento nos dejamos arrebatar nuestro papel esencial en la sociedad? ¿Cuándo dejamos de suministrar a nuestros lectores la dosis de la medicina que les es imprescindible? Deberíamos preguntarnos cada día, como preguntó Cebrián a Umbral, qué podemos inventarnos. ¿Dónde están nuestras negritas, nuestras apasionadas crónicas de guerra, nuestras sabias tribunas literarias de lo cotidiano? En suma, ¿dónde están los Umbral, los Leguineche y los Delibes de hoy? Probablemente aún sean muy jóvenes o no les hayamos dejado asomar la cabeza. Hace cuarenta años, ni nos imaginábamos que unas simples negritas podían revolucionar un oficio.

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