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Daniel Capó FdV

El desarme fósil

Con la llegada del antropoceno y la crisis global del medioambiente, el acceso a las tecnologías verdes ha pasado a ser un factor clave en la pugna geopolítica. Así lo ha entendido desde luego la Unión Europea que, tras quedar rezagada en ámbitos como la inteligencia artificial y el Big Data, aspira ahora a ser la avanzadilla en el uso de tecnologías útiles para la transición de una economía basada en los hidrocarburos a otra limpia y sostenible. No se encuentra sola en esta carrera, ni es el único contendiente, aunque la Comisión percibe que en dicha apuesta resida probablemente la última oportunidad europea para no perder relevancia científica. Y, de hecho, el joven filósofo francés Pierre Charbonnier, una de las principales autoridades académicas en el análisis político del cambio climático, ha llegado a sugerir la necesidad de diseñar “un programa de desarme fósil”, evocando el lenguaje utilizado durante la Guerra Fría y la desescalada nuclear.

Otros teóricos han puesto sobre el tapete una curiosa paradoja: si la primera vuelta de la globalización iniciada en 1989 supuso una notable caída de los estándares de vida para los trabajadores de Occidente –mientras se desarrollaban con fuerza los llamados “países emergentes”–, la segunda podría producir un efecto rebote en la medida en que los costes de adaptación a una economía avanzada y limpia serán mucho más elevados para estas naciones todavía en desarrollo. ¿Quién sabe?, aunque es indudable que China ha tomado nota y lleva años invirtiendo en ciencia medioambiental. A la vez tiene lugar una carrera enloquecida por el control de determinadas reservas minerales y agrarias, decisivas en lo que afecta tanto a la vieja como a la nueva economía. Este mes leíamos que Bill Gates se ha convertido en el principal terrateniente de los Estados Unidos. China se introduce en la América Latina y, de forma aún más agresiva, en África, buscando tierras fértiles y reservas mineras e hidrológicas. En Europa se están construyendo fábricas de baterías eléctricas para reducir la dependencia asiática. Otras países, como sería el caso de Nueva Zelanda, han iniciado importantes programas de reforestación con el objetivo de reducir el impacto del CO2, además de reforzar la biodiversidad. Una política –la reforestación– que se echa mucho de menos entre nosotros, pues sería una alternativa económica magnífica para ayudar a frenar el despoblamiento de la España rural.

La recuperación no puede dar la espalda al antropoceno, sino que debe asumir que, a todos los niveles –estatal, autonómico y local–, la defensa del medio ambiente va de la mano del I+D y de un nuevo modelo económico más sostenible y equilibrado. Hay que aplaudir, por ejemplo, las iniciativas municipales de impulso del reciclaje, la protección integral del paisaje y la biodiversidad, y la sustitución de la economía fósil por otra más limpia. Cabe esperar que, en las próximas décadas, se produzcan grandes avances en estos campos, desde el uso de bacterias para la fabricación de cemento a la utilización de aguas residuales como fuente de energía, de la extensión del motor eléctrico en el transporte al uso de baterías en los hogares. En todo ello ya se trabaja. Pese a quien pese, el camino iniciado no tiene vuelta atrás.

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