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El meollo

La avenida de Virxinia Pereira

Virxinia Pereira.

Virxinia Pereira. FdV

El Meollo de la cuestión está en saber cómo disentir educadamente sobre la inclusión del nombre de Virxinia Pereira –esposa de Castelao– en el callejero pontevedrés, sin que al temerario discrepante le acusen de antifeminista, machista, reaccionario y otras lindezas de naturaleza semejante.

Esta reflexión en voz alta hacía la otra tarde con tono atribulado un buen amigo cuyos rasgos personales no casarían en absoluto con tan insidiosos descalificativos. Lamentablemente, no hubo respuesta que darle.

Nuestros antepasados más lejanos lo tuvieron más fácil y acertaron de pleno cuando bautizaron las calles pontevedresas con arreglo a sus actividades prevalentes o también por nominaciones espontáneas de la sabia popular. Unas todavía se mantienen y otras se recuperaron en tiempos recientes.

Los nombres de personajes en las rúas –ciertamente muchos más hombres que mujeres por reflejo de las circunstancias sociales– fue una práctica desde mediados del siglo XIX. A partir de entonces, entre la politización y el personalismo comenzó el baile; un quita y pon que se acentuó con la República y el Franquismo. No obstante, las renovaciones y actualizaciones del nomenclátor pontevedrés en los años 1950, 1969 y 1996, gozaron de un amplio consenso, cada una en su contexto; especialmente esta última adaptación durante la alcaldía de Juan Luís Pedrosa, que también inició su galleguización.

La feminización actual para tratar de conseguir un callejero más igualitario entre hombres y mujeres, un propósito ajustado al momento actual, parte sin embargo de una embarazosa deficiencia: la selección más que cuestionable de las persoeiras elegidas, con muchas dosis de ignorancia, unas gotitas de sectarismo y algún que otro rebuscamiento vergonzante. No están todas las que tenían que estar y están unas cuantas que no debían estar. Algunas de ellas no resisten un examen de su meritoriaje. Y hay marginaciones u olvidos dolosos.

Cualquier pontevedrés podría decirse que tiene un gratísimo concepto, cuando no una admiración rendida, hacia su abuela, madre o esposa. Pero no por ello hay que darle a cada una el nombre de una calle, porque no habría rúas para tantas y tantas. Esa distinción especial tendría que reservarse para mujeres –y para hombres– de méritos superlativos propios, más allá del ámbito familiar, o por especiales contribuciones a la historia y el engrandecimiento de esta ciudad. Virxinia Pereira no es el caso, y ahí está el quid del asunto.

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