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Armando Álvarez

Escambullado no abisal

Armando Álvarez

Tras las olas

Tras las olas

Tras las olas

Cuando amainen las olas, el viento que las impulsa, quedarán los vacíos y sus heridas. Nunca nada se puede desandar; ni rescatar los abrazos que no han llegado a darse ni retornar a los días arrebatados. Permanecerá el luto por los que se han ido y las secuelas de los que respiran fatigosamente. Bajo el alivio de la normalidad latirá el dolor.

Cuando concluyó la Gran Guerra, que no se ordenaba la primera sino que se pronosticaba la última, en los campos habían germinado las tumbas y en las calles, los mutilados. Se arrastraban sobre ruedas o muletas, sin piernas, brazos, ojos, mandíbulas; cubriéndose vergonzosos la carne viva. Nadie había vuelto intacto de las trincheras. Tampoco aquellos afortunados a los que el metal había esquivado. Seguían sintiendo el barro y la angustia. Aún tiritaban por las noches, creyendo oír el tronar interminable de los cañones y el roce de las ratas enmarañándose en el pelo.

Ya empezaba a estudiarse como neurosis de guerra lo que antaño sólo se consentía como fatiga de combate e incluso se descalificaba como cobardía. Temblores, acúfenos, migrañas, bloqueo emocional, adicciones, incluso episodios de ceguera y sordera sin causa física aparente. El precio de la tensión y el sinsentido, cuando cada segundo puede ser el postrero sin que comprendas exactamente los motivos; cuando tu compañero se volatiliza a tu lado en un suspiro y hundes la bayoneta en el enemigo al que te han enseñado a odiar, pero que llama a su madre con tu misma congoja mientras la vida se le escapa por las tripas.

Hoy aceptamos que las experiencias extremas nos afectan más de lo que podamos pensar o percatarnos. No es tanto la muerte, que al cabo se acaba asimilando como cualquier hecho irrefutable, sino sobre todo la incertidumbre. Hay quien se suicida para librarse de la duda. Recuerdo las consultas cada vez que a mi padre lo hospitalizaban en la UCI; el silencio espeso de la sala de espera antes del parte diario, el desesperante minutero, el intento de anticipar las noticias en la mirada del médico cuando abría la puerta y pronunciaba su nombre, la desdicha y la esperanza en cada una de las palabras... Ese desasosiego cava surcos en el alma que no siempre resultan fáciles de cartografiar. Pero ahí se quedan, ulcerados, como una especie de acidez estomacal que te palpita.

La pandemia es eso más que un virus: no saber con cuántos te podrás reunir mañana, qué verjas bajadas volverán a abrirse, quiénes teletrabajarán y a quiénes desterrarán al limbo de los oficios que se extinguen. Hay matrimonios que se resquebrajan y familias que se ahogan. Nos hemos encerrado con nosotros mismos, sin posibilidad de huirnos, y quizá nos haya desagradado el inquilino que nos habita.

Los psicólogos han advertido sobre todos esos fantasmas que se nos están acumulado a lo callado y aun peor, tras las sonrisas. Seremos una sociedad con estrés postraumático. El miedo también se convierte en costumbre. A nuestras abuelas les obsesiona la delgadez de sus nietos y nuestras bodas se evalúan en la abundancia de los platos debido a la memoria del hambre, igual que les asustan los uniformes o se avergüenzan de su hermoso gallego. Ninguna Transición disipó el espanto inculcado. Me he imaginado siendo un anciano que se delata porque todavía aprieta los botones del ascensor con las llaves y tiende a dar el codo en vez de la mano, aunque ya el COVID le suene a la muchachada como a mí el raquitismo, el ricino y la polio.

Cuando las olas amainen, habrá que enfrentarse a los vacíos y reconocer las heridas para que cicatricen; sanar o al menos quebrar la herencia de este tiempo. Mi sobrina Lucía ha cumplido diecinueve meses en un mundo que le niega medio rostro. No lo lamenta porque para ella, que siempre me llora, es lo que es, como la oscuridad para quien ha nacido ciego. Anhelo que crezca al desnudo, que toda la piel le sea propia. Y que le lluevan los besos, también de su tío aunque le piquen mis barbas, cuando las olas amainen.

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