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Ánxel Vence.

Crónicas galantes

Ánxel Vence

El PIB cae a lo bruto

Se ha desplomado el Producto Interior Bruto que, como su segundo apellido indica, no suele entrar en sutilezas. Cuando le da por caer, lo hace a fondo; pero en esta ocasión la profundidad del pozo apenas tiene precedentes. Hay que remontarse a 85 años atrás para encontrar algo peor.

El SARS-CoV-2 ha infectado la maquinaria de producción de España hasta bajar sus defensas en un 11 por ciento, cifra que no se recordaba desde los tiempos de la guerra, que en realidad ya nadie recuerda. Salvo los centenarios, que por lo general tienen flaca memoria, pocos habrá que viviesen, siquiera de niños, el follón bélico e incivil de 1936, cuando el PIB cayó un 26,8 por ciento. El país tardó décadas en recuperarse económicamente de aquel despropósito.

Felizmente, la España de hoy no se parece en casi nada –salvo el malhumor general– a la de entonces. Costará recuperar las decenas de miles de millones en que menguó durante el terrible 2020 la economía del país; pero la sutura de los destrozos no se cifra, ni mucho menos, en decenas de años.

Los especialistas del FMI y del Banco de España, que no siempre aciertan en las quinielas, han calculado en tres ejercicios, si todo va bien, la recuperación del crecimiento previo a la llegada del virus.

Lo malo de tales predicciones es que en este caso dependen de muchas variables no siempre fáciles de controlar. En realidad, todo está lleno de condicionales. Todo depende. Depende, por ejemplo, de que la vacuna se aplique con rapidez –cuestión, ahora mismo, complicada–; de que las fronteras se vayan haciendo o no permeables; de que los aviones vuelvan a volar y todo por ese palo.

Demasiados “si” y “en caso de que” como para hacer pronósticos a unos meses o siquiera años vista. En la mejor de las hipótesis formuladas por los economistas, el PIB que se hundió el pasado año rebotará en 2021 por encima incluso de la media de Europa; pero eso está por ver.

Cuesta creer que de aquí al verano la gente ahora acongojada en toda Europa tenga ánimos y aviones disponibles para volver a viajar como solía. Y nadie ignora que, si España sufrió el mayor bajón económico de todas las grandes economías del mundo, eso fue en gran parte por su dependencia de los guiris que se tuestan al sol.

Los ingresos habituales del turismo –que es ave de verano– superan en un año normal al grueso de las ingentes ayudas con las que la Unión Europea nos ha socorrido. No es seguro, en absoluto, que para los meses de julio o agosto hayamos metido al virus en vereda y vuelva a abrirse ese grifo de divisas que tanto engordaba el PIB.

Otra cosa son los países manufactureros abundantes en productos para los que las fronteras, como es lógico, nunca se han cerrado. No parece casual, desde luego, que China –aun bajando un montón– haya sido el único lugar en el que la economía creció pese al bicho. Y eso que todo empezó allá, en Wuhan.

La España pródiga en servicios, pero no tanto en producción, salía apenas de otra crisis que hundió un 3,8 por ciento la economía en 2009, cuando el estallido de la burbuja de la construcción hizo que el PIB se cayese del andamio. El empujón del coronavirus ha sido mucho peor, aunque esta vez queda consolarse con el mal de muchos. Y con que todo lo que baja acaba por subir. La incógnita es cuándo.

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