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Ánxel Vence.

Crónicas galantes

Ánxel Vence

Lo soviético no quita lo valiente

Una investigadora durante el desarrollo de la vacuna rusa

Una investigadora durante el desarrollo de la vacuna rusa

Solemos tomar en broma a Putin y a los rusos en general, pero nada justifica esa soberbia. No hace mucho, los rusos competían con los americanos en la carrera por el espacio; y tampoco hará falta enumerar el brillante listado de científicos que han dado la URSS y la recuperada Rusia. Lo soviético no quita lo valiente.

Ninguna razón había para que nos partiésemos de risa con los chistes sobre la vacuna rusa, a la que ahora han dado un sobresaliente 92 por ciento de efectividad, según el criterio imparcial de los investigadores franceses que meses atrás enviaron una misión de comprobación a Moscú. Así que menos bromas, Caperucita.

Viñeta de Gogue ironizando sobre la vacuna rusa

Además de funcionar como un tiro de cohete frente al virus, la Sputnik V no provoca especiales efectos secundarios en quienes la reciben. Ninguno de los que probaron el pinchazo ha roto a hablar en ruso, ni sintió nostalgias de la URSS, ni experimentó una súbita pasión por el vodka. A lo sumo, un poco de fiebre y cansancio, que son síntomas de chichinabo.

Parte de la desconfianza que suscitó desde el principio la fórmula rusa obedecía, probablemente, a la mala fama de los servicios secretos de ese país. Los dirigentes del KGB –en el que militó el actual presidente Putin– incurrían a menudo en la tentación de envenenar con plutonio y otras sofisticadas sustancias a los disidentes del régimen. Y el hábito ha continuado hasta nuestros días, a juzgar por casos muy recientes que aún andan en los papeles y las televisiones.

Lejos de ser un motivo de descalificación, eso debiera avalar la capacidad de los rusos para fabricar toda suerte de medicamentos y, por supuesto, vacunas. La base científica ya existe. Basta con aplicarla a la mejora de la salud de la población en lugar de empeorar la de los enemigos políticos: y el éxito parece garantizado.

Ayudó, cierto es, al escepticismo y a la proliferación de bromas en las redes sociales la decisión de las autoridades rusas de bautizar con el nombre de Sputnik a la vacuna. Por razones de intrincada explicación, esa denominación comercial suscita inevitablemente sonrisas. No tiene por qué.

Hace ya más de sesenta años, los soviéticos abrieron la competición entre la URSS y USA para hacerse con el dominio de las galaxias al poner en órbita el primer satélite artificial de la Historia. Lo llamaron, efectivamente, Sputnik, y fue un éxito que llenó de orgullo y satisfacción al Kremlin.

Tanto es así que los científicos rusos se animaron a doblar la apuesta enviando a la famosa perra Laika en el Sputnik 2. El animalito murió, víctima tal vez del mareo provocado por las más de mil vueltas a la Tierra que por aquel entonces daban esos artefactos. Un inconveniente que se corrigió en el lanzamiento del Sputnik 5 con otros dos perros y cuarenta ratones a bordo que regresaron sin novedad.

Pocos meses después del Sputnik 5, que ahora es una vacuna, los soviéticos consiguieron enviar por primera vez a un hombre al espacio y traerlo de vuelta. Yuri Gagarin moriría después al estrellarse su avión en un vuelo de instrucción rutinario.

Pasadas seis décadas de aquellos brillantes logros de la ingeniería aeroespacial, los rusos vuelven a dar muestras de su poderío con la invención de una vacuna que lleva el nombre de su primer satélite, entonces soviético. Y que, al igual que aquel, funciona. Pocas bromas con los rusos, pues, en el país del “¡Que inventen ellos!”

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