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Matías Vallés.

Europa se irrita como nadie

No importa que se discuta el secuestro de la información por gigantes extraeuropeos como la familia Google o el intento de asesinato de un disidente ruso. La reacción de Europa siempre será la misma, una solemne, acompasada y estéril irritación. El incumplimiento con las vacunas contra el COVID contratadas, que ha agigantado las sombras del desabastecimiento continental, fue recibido con evidentes muestras de desagrado. Ni un paso más allá. Es recomendable completar las siglas UE en UEI, Unión Europea Irritada. Tienen además fácil traducción a IEU, Irritated European Union.

Si Putin o Erdogan invaden países enteros, de inmediato comparece un comisario europeo tras un atril. La irritación se le percibe en el entrecejo fruncido, y en que tamborilea el suelo con los Ferragamo. Es una visión imponente, un hidalgo de capa raída, sorprende que no disuada a los dictadores. La UE o UEI ni siquiera regaña, porque el enfado de palabra y mucho más de obra es un exceso trumpista. Eso sí, el comité correspondiente de Bruselas vomitará un bombardeo de recomendaciones.

El mundo es injusto con Europa, las revueltas planetarias ininterrumpidas obligan a los dirigentes de la UEI a un semblante ceñudo sempiterno. La Unión también ha recibido los estragos del virus con irritación y recomendaciones. La pandemia le ha robado su título de balneario de la humanidad, y un populista se plantearía de dónde van a salir los miles de millones de la recuperación económica, en un colectivo que no puede garantizar a sus ciudadanos ni una vulgar inyección.

El enojo pasajero es difícil de mantener, de ahí que a Europa le moleste la dilatación de las protestas. Un Navalni muerto por envenenamiento conlleva un mosqueo fugaz, pero un Navalni superviviente del envenenamiento implica una incomodidad mantenida, tan difícil de aparentar. En fin, las personas irritadas no suelen reparar en que también son irritantes, y lo mismo sucede con las instituciones.

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