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Javier Junceda

Más que un tipo vestido de bisonte

Que una turba de neandertales asalte el Capitolio no puede explicarse solo como una reacción a las soflamas de un dirigente patán. Ni como una simple cuestión de orden público. El populismo norteamericano tiene raíces más hondas, casi fundacionales, porque a lo largo de su existencia ha experimentado épocas encendidas como la protagonizada por el controvertido exmandatario de ascendencia teutona. El discurso antiestablishment ha estado larvado en Estados Unidos desde tiempos remotos, ligado al triunfo de la libertad individual frente al poder, del que siempre han desconfiado tanto. La democracia estadounidense ha venido combatiendo durante décadas tanto a las élites políticas o económicas como a la supremacía institucional que ahoga sus señas de identidad, definidas por un gran conocedor de este asunto, Javier Redondo, en la figura del “hombre común”: el pequeño propietario o asalariado blanco, emprendedor y pionero.

Andrew Jackson, el primer presidente que no pertenecía a la casta patricia de los padres fundadores, inauguró a principios del diecinueve esa tendencia populista, presentándose como un líder indomable en su lucha contra los poderes fácticos asentados en Washington. Redondo recuerda que Jackson se hizo acompañar en su toma de posesión por hordas de correligionarios enardecidos que “olían a cuero” y clamaban por repartirse el botín del tesoro público, algo que ya nos suena. Una legión de panfletistas de brocha gorda espoleó también los años de su presidencia, multiplicando las redes clientelares entre sus ardorosos seguidores, lo que demuestra que todo está inventado en esta materia.

Los partidos populista, antimasónico, esclavista, antiesclavista, obrero y un largo etcétera siguieron esa misma estela hasta bien entrado el siglo veinte, abanderando los intereses de los yanquis empobrecidos procedentes de la América profunda y a merced de la industrialización emergente, los grandes capitales y la odiosa concentración de la autoridad federal. Esos movimientos influyeron incluso en las dos formaciones ideológicas predominantes, penetrando en la esfera demócrata y republicana en distintos momentos históricos. Sanders y Trump, por ejemplo, son hoy dos populistas de distinto signo pero que coinciden en esa misma idea central acerca del abandono del pequeño granjero o empleado de un Estado secundario, aunque difieran en sus recetas sobre su renacimiento.

Con los dos Roosevelt al mando, ese populismo continuaría ahondando en la senda alérgica a la plutocracia y a la burocracia de la metrópoli, defendiendo con ahínco las aspiraciones del americano medio olvidado por quienes debieran velar por su prosperidad y que tan pocas veces centra sus preocupaciones.

Este caldo de cultivo puede estar detrás de los sonrojantes acontecimientos sucedidos con ocasión de la toma violenta de la sede de la soberanía norteamericana el pasado día de reyes. Aunque existan otros antecedentes, como los vinculados a delirantes teorías conspiparanóicas o la irresponsabilidad de quien debiera de haber asumido maduramente la justicia electoral y evitado un espectáculo tan deplorable, las consignas de los asaltantes giraron en torno a esa recuperación del orgullo patrio para sacar país de las garras de las grandes corporaciones y de los aparatos de los partidos alejados de los ciudadanos corrientes y molientes, una cantinela que como se ve viene de antiguo.

En consecuencia, más allá de la anécdota de personajes estrafalarios vestidos con pieles de bisonte o disfrazados de cavernícolas, y de incomprensibles fallos de seguridad en el recinto parlamentario en una fecha tan señalada, no es descartable que el allanamiento del congreso constituya en el fondo un nuevo hito en la serpenteante trayectoria populista norteamericana, que esperemos quede sepultada de una vez tras el bochornoso espectáculo que ha ofrecido este mes de enero, impropio de una nación tan admirable en tantísimos aspectos.

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