Se dice que Lyndon Johnson, después de firmar la Ley de los derechos civiles en 1964, le dijo a uno de sus asesores que, al votar a favor de prohibir la segregación racial, los demócratas perderían en el sur a toda una generación entera. La célebre frase (citada por Barack Obama en uno de sus discursos) ha servido para ilustrar la valentía y la altura moral de un presidente que, aun conociendo cuál podría ser el coste electoral para su partido, se decantó por hacer lo correcto. Johnson, además, no se equivocó: los estados sureños acabarían convirtiéndose en feudos republicanos gracias en parte a una estrategia que explotaba la cultura política del segregacionismo. Pero la premonición, a decir verdad, no resultaba tan difícil de cumplirse. El racismo, por supuesto, no solo no desapareció de golpe con una simple firma tras casi un siglo de discriminación institucionalizada, sino que, en algunos lugares, continuó siendo, a través de otro lenguaje menos explícito, un factor determinante para ganar las elecciones.

Los que ahora dicen representar a quienes “tienen la sensación” de que se produjo un fraude electoral en las elecciones presidenciales de 2020 están reflejando parlamentariamente un clima de opinión en su partido, aunque se trate de un clima de opinión contaminado por las mentiras y las conspiraciones que ellos mismos se ocuparon de introducir en el debate con la colaboración de otros comunicadores irresponsables. Puede que algunos de los diez republicanos que votaron a favor del segundo ‘impeachment’, o de los que criticaron al presidente por su instigación o pasividad en el asalto al Capitolio, sufran su correspondiente castigo en las urnas. O quizá no. No sabemos por cuánto tiempo se mantendrá esta fiebre conspiranoica. Puede que, en unos pocos años, veamos a los cómplices de Trump publicando libros en los que estos aseguran estar arrepentidos por el papel que desempeñaron en esta tragicomedia, la cual culminó con unos vándalos tomándose demasiado en serio las muy serias denuncias de sus representantes. Resulta que las acusaciones eran tan graves (un pucherazo, nada menos) que bien justificaban una revolución, como dijo una de las que pretendió tomar el parlamento por la fuerza, hasta que se dieron cuenta de que la “lucha fuerte” de la que hablaba el presidente y esos señores trajeados en la televisión no era más que metafórica.

Las confesiones de los arrepentidos, un subgénero político al que tanto contribuyeron en su día Nixon y McCarthy, serán recibidas con entusiasmo por una parte de la derecha que busca la redención, aunque muchos tendrán que soportar el peso de una hemeroteca cargada de declaraciones ignominiosas. El Partido Republicano, en cualquier caso, tiene por delante un largo y doloroso viaje hacia la realidad, en el cual deberá sopesar, por ejemplo, si las fantasías sobre redes de satánicos pedófilos infiltrados en el gobierno (QAnon) merecen de verdad un puñado de votos. Fue un conservador, Edmund Burke, quien dijo que los miembros de un parlamento deben actuar según su propio juicio más que por los intereses de sus electores, especialmente, cabría añadir ahora, si esos intereses se basan en bulos y disparates. Lyndon Johnson lo hizo, situando de ese modo a su partido en el lugar adecuado de la Historia. Si por hacer justicia y otorgarles derechos civiles a los afroamericanos iban a perder en el sur a toda una generación entera, el problema lo tenía el sur, no quienes habían decidido ignorar los intereses de unos votantes moralmente desorientados.