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Ánxel Vence.

Crónicas galantes

Ánxel Vence

Trump, Nerón y las redes imperiales

Los votantes dejaron a Donald Trump sin presidencia, pero el que de verdad lo ha destituido es Twitter al quitarle su cuenta. Sin ese poderosísimo megáfono con el que gorjeó disparates durante largos años, el emperador se ha vuelto mudo. Se conoce que los que realmente mandan son los dueños de la red del pajarito, únicos capaces de conectar y desconectar el sonido al mismísimo jefe de los vaqueros.

Cuatro años han tardado los gerifaltes de esa y otras redes sociales en caer en la cuenta de que Trump no es exactamente un modelo de equilibrio psíquico. Una tara cuando menos inquietante en el caso de quien detenta el título informal de rey del mundo y aún tiene en sus manos el poder para emplear armas nucleares. Como su colega norcoreano Kim Jong-Un, que tanta risa nos daba.

Probablemente serán muchos los que teman que al niño terrible Trump se le ocurran nuevas diabluras antes de cederle el trono de la Casa Blanca al abuelo Joe Biden. Son cosas que ocurren, por lo general, cuando se inicia el declive de los imperios: ya sea el de Roma, ya el de los actuales Estados Unidos.

Algo parecido sucedió hace décadas tras la caída del imperio soviético. Daba miedo entonces ver a Boris Yeltsin, el heredero de los soviets, bajando alegre del avión con el maletín de las bombas atómicas en una mano y una botella de vodka en la otra.

Felizmente para todos, Yeltsin no llegó a confundir el botón nuclear con el tapón de la botella en sus momentos de etilismo agudo. Hay que confiar, por tanto, en que a Trump tampoco se le ocurra dar un golpe de Estado en Norteamérica o hacer turismo invadiendo algún país, según la vieja tradición de sus predecesores.

Aun así, y ya que hablamos de imperios, no es difícil imaginar que Trump pueda inspirarse en Nerón, el último emperador de la dinastía de Julio César. De Nerón se decía que estaba como una cabra, hasta el punto de prender fuego a Roma con el solo propósito de inspirarse para componer algunas rimas épicas con su lira. Los historiadores han refutado esa leyenda; y hasta hay quien asegura que en sus primeros tiempos fue un gobernante compasivo con sus súbditos.

No parece probable que Trump vaya a imitar las supuestas tropelías de Nerón durante la semana de mando que le queda, por más que en los últimos días haya apuntado maneras. USA es, a fin de cuentas, una confederación que en sus orígenes tuvo la prudencia de establecer un sistema de contrapesos entre poderes que tal vez baste para frenar –o incluso destituir– al todavía presidente.

Lo que sí desmentiría el caso del septuagenario Trump es la alegada ventaja de la edad y la experiencia a efectos del buen gobierno. En ciertas sociedades se valoraba la sabiduría adquirida por los ancianos; pero los hechos conspiran contra esa teoría. En la antes mentada URSS, por poner un ejemplo reciente, la edad media de los miembros del politburó que ejercía el gobierno era de 70 años; y ya se sabe cómo acabó aquello.

A partir de ciertas edades, la biología limita la capacidad intelectual de los individuos y agudiza sus manías. Ni siquiera es infrecuente que, con los años, se vuelvan niños caprichosos, como parece sugerir el ejemplo de Trump.

Tranquiliza saber que Twitter, una y no la menor de sus fuentes de acceso al poder, lo ha derrocado ya al quitarle el megáfono. Otra cosa es quién controlará a las redes sociales del imperio, que ni siquiera responden a votante alguno.

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