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Ánxel Vence.

crónicas galantes

Ánxel Vence

Los Magos y otros reyes

Faruk, último rey de Egipto, vaticinó hace ya muchas lunas que en un futuro no lejano solo quedarían en el mundo cinco monarcas: la de Inglaterra y los cuatro reyes de la baraja. La anécdota suele contarla a menudo el especialista en dinastías Jaime Peñafiel, que últimamente tira un poco a republicano.

El esperanzador pronóstico de Faruk no se ha cumplido del todo. Cierto es que desde entonces (el egipcio fue derrocado en 1952) han caído algunas monarquías como la de Grecia, un suponer; pero la mayoría de las de Europa ahí siguen, tan lozanas como entonces. Incluso se ha producido la restauración o más bien reinstauración de una de ellas en España por obra del Caudillo, que lo era por la Gracia de Dios según las monedas de su época.

Habrá quien encuentre algo irreal que los jefes de Estado lleguen al cargo por designio divino y no por la mucho más laica si bien prosaica vía del sufragio universal; pero en eso consiste precisamente la magia de la realeza.

Isabel II, por ejemplo, sigue reinando en Gran Bretaña, en Australia y en Canadá, gracias a mantener el boato propio de la institución. Acude al Parlamento vestida de armiños como una reina de la baraja, se hace transportar en carroza custodiada por lacayos y, desde luego, no confraterniza en plan colega con sus súbditos. Otros reyes, dicho sea sin ánimo de señalar, optaron por el estilo campechano y la secularización de la monarquía, con resultados manifiestamente mejorables.

Lo que los Windsor ingleses de origen alemán parecen haber comprendido es que la mejor manera de sostener una forma de Estado tan vintage como la monárquica consiste precisamente en acentuar sus rasgos más anacrónicos. La exhibición de los privilegios es, paradójicamente, la vía idónea para conservarlos.

Todo esto lo entendieron mejor que nadie los Reyes Magos que hoy llegan, como cada año, del lejano Oriente. Sin más que ejercer la magia que les es propia han conseguido mantener a salvo el pabellón de su realeza frente a la reciente -y acaso desleal- competencia de Papá Noel.

El plebeyo vestido de color rojo coca-cola lleva años insistiendo vanamente en usurparles a los Reyes el trono de la infancia. Algún éxito ha tenido gracias al formidable apoyo mediático que lo respalda; pero aun así se limita a compartir con los Magos de toda la vida una porción del mercado navideño. Sus intentos de descabalgar del camello a Sus Majestades de Oriente han tropezado hasta ahora con el hechizo de la que, siendo una de las dinastías más antiguas del mundo, no parece mucho más irreal que las otras.

Al igual que otros monarcas de la vieja escuela, los Magos siguen reinando -que es lo suyo- en los sueños de los chavales y en las cajas registradoras del comercio. Para los más descreídos se trata de una mera ilusión más bien pasajera; pero nadie ignora que de la ilusión también se vive. Basta ver a los críos que en unas horas se lo pasarán de miedo con toda la quincallería electrónica que les dejen Melchor, Gaspar y Baltasar.

Aunque un virus que paradójicamente gasta corona les haya privado de las cabalgatas y del reparto de caramelos, los niños mantienen ilesa su fe en los Magos, que con eso ya se han ganado su reino. Los otros reyes, que dependen de la confianza de gente adulta, quizá tengan que currárselo más que ellos. Ya lo avisó su excolega Faruk.

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