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Ceferino de Blas.

Antecedente de crónica urbana

Si se deja al margen la pandemia, que ha ocupado por tierra, mar y aire la vida de los ciudadanos, otro de los elementos informativos del año, aunque a distancia sideral, son las reformas y rehabilitaciones de edificios.

La ciudad está vitalizando su fisonomía, aunque no se aprecien grandes cambios en el paisaje. Hasta la obra más importante que ahora se ejecuta en Vigo es una rehabilitación: la transformación del antiguo Hospital Xeral en sede de la Ciudad de la Justicia que dará impulso a las zonas aledañas.

El enjambre de grúas para la construcción de nuevos edificios, que se veía por todas las poblaciones de España hace tres lustros, desapareció herido por la crisis de 2008, y augura no volver a repetirse. Al menos, en aquella disparatada dimensión que hizo rebosar de construcciones pueblos y ciudades, bastantes aún inacabadas.

Ahora las grúas vienen en camiones ad hoc, permanecen unos días al lado del edificio que se reforma, y desaparecen.

En los periódicos del año pasado se encuentran informes y reportajes que enumeran los edificios clásicos que son objeto de transformación.

A nadie se le escapa que Vigo posee un urbanismo de primera. Era la expresión de la ciudad próspera, por el modo y el volumen de construcción, que nada tenía que ver con el reciente pasado. Era la ciudad de 40.000 habitantes, en 1909, que describe un escritor foráneo, F. Barber. Vean:

“En las grandes avenidas y amplias calles de Vigo están levantándose actualmente 120 casas o, mejor dicho, palacios, pues la mayoría de ellas son de sillería hasta el tejado y de arquitectura decorativa y monumental”.

Un año antes, la condesa de Pardo Bazán, que había pasado una semana en el pazo de A Pastora, opinaba lo mismo. “Todo el día se oye en Vigo el tin tin de los picos; veis alzarse casas de una suntuosidad que sorprende, bordadas, afiligranadas, recargadas de adornos… no conozco casas más repinicadas que las nuevas de Vigo”.

Algunas de ellas desaparecieron, como lamenta Jaime Garrido en su libro, “La ciudad que se perdió”, pero la mayoría del Vigo urbanísticamente admirable aún pervive y ha empezado a ser objeto de rehabilitaciones. Es lo que permite que Vigo preserve, en lo sustancial, su fisonomía en estas calles y avenidas amplias, que son Urzaiz, García Barbón, Colón, Elduayen, Policarpo Sanz, la Alameda o la Puerta del Sol.

Avalan que los edificios son parte de la esencia de la ciudad los libros que se han publicado, a los que han venido a sumarse otros dos presentados a finales del pasado año: el de Michel Pacewicz, el arquitecto que tan calladamente hizo el Vigo tan bello que admiramos en sus obras, y el industrial, representado por la fábrica de Alfageme, cuya historia se dio a conocer hace días en el Liceo de Bouzas. Aunque por desgracia ya no pudo presentarlo Moncho Iglesias, uno de los grandes historiadores de la arquitectura viguesa y principal impulsor de este libro que refleja la potente y admirable arquitectura industrial viguesa.

Cuando termine la pandemia habrá que demandar que continúe el proceso de rehabilitación de edificios. Es la forma de hacer de la necesidad virtud, ya que embellece la ciudad, facilita la dotación de “nueva vivienda” , da trabajo a los profesionales y constructores e impide otra crisis del ladrillo.

Las rehabilitaciones de inmuebles urbanos son una magnífica consecuencia de las enseñanzas de la crisis y la pandemia, que no todo va a ser malo en el año terrible que termina. Ya nadie piensa en un Vigo con decenas de miles de habitantes de aluvión, como se concebía en el pasado, ni hay precariedad de vivienda que exija urbanizaciones de otra época.

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