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Ánxel Vence.

Crónicas galantes

Ánxel Vence

Feroz Año Viejo

El que hoy termina, Dios sea loado, es un Feroz Año Viejo que descabaló todos los buenos deseos de felicidad ingenuamente formulados hace 366 días (porque el 2020 fue bisiesto). A la cosecha de decenas de miles de muertos hay que sumar los quebrantos que ya ha sufrido la economía; y los que acaso estén por venir.

La inercia nos lleva a seguir deseando feliz e incluso próspero Año Nuevo a nuestros amigos y en esto se conoce que el ser humano es optimista por naturaleza.

Aun así, no tiene el menor sentido hacerse muchas o pocas ilusiones por el simple hecho de que cambie una hoja del almanaque. Ocurre lo mismo que con aquella señora fallecida a los noventa y nueve años, cuyos deudos se lamentaban de que su muerte se hubiese producido cuando estaba a punto de cumplir cien. “Exageran ustedes los encantos del sistema métrico decimal”, objetó, con buen sentido, uno de los asistentes a las exequias.

Los más cenizos añadirán, a modo de explicación, que este tremendo 2020 fue bisiesto y, por tanto, siniestro. No conviene ser supersticioso, porque eso trae mala suerte; pero es verdad que existen antecedentes históricos suficientes para abonar esa pintoresca teoría.

Bisiesto fue el año del hundimiento del Titanic, por ejemplo. Nunca sabremos si el naufragio se podría haber evitado o no de aplazarse la botadura del barco hasta el año siguiente, pero ahí queda el dato. Bisiesto fue igualmente el año 1936, de triste recordación por marcar el comienzo de la Guerra Civil en España.

La única buena noticia de este año tan pródigo en sucesos de espanto que por fin termina fue la caída del impredecible Donald Trump, gracia s–muy probablemente– a su torpe manejo de la epidemia en tierras del Imperio. Tener a un gamberro al frente de la superpotencia que gobierna tecnológica y culturalmente el mundo era un riesgo de imprevisibles consecuencias. El bicho hizo que se cumpliese el dicho de que no hay mal que cien años dure. Ni siquiera ocho, en este caso.

Esa es la parte buena de las predicciones de fin de año. La mala consiste en que la aplicación masiva de la vacuna tardará aún muchos meses por meras razones logísticas. Se ignora, además, si al ubicuo virus de la corona le van a salir nuevas ramificaciones que obliguen a los investigadores a hacer horas extra.

Augurar un próspero año nuevo es convocar a las fuerzas del Averno en circunstancias como las actuales; pero, vaya: por pedir que no quede. Hasta no hace mucho, los dibujantes solían representar al Año Viejo en la figura de un anciano cargado con guadaña y a su sucesor bajo la de un sonriente bebé; pero esos fueron tiempos. (Aunque lo de la guadaña que siega vidas esté mejor traído que nunca).

Siempre queda la esperanza de que las vacunas levanten el esperado muro frente al virus y, en el curso del año entrante, alguna gente empiece a gastarse el dinero que ahorró durante 2020 en viajes, bares y compras. Infelizmente, los que han perdido su empleo o su negocio no podrán sumarse a esta hipotética oleada de consumo que, según los especialistas duchos en finanzas, haría despegar a la economía como un tiro.

De momento, el feroz Año Viejo se despide con la guadaña al hombro y funcionando; pero tampoco es cosa de que nos amarguemos la fiesta. Tengan ustedes un feliz y, ya puestos a pedir, próspero año. Nunca llovió que no escampase.

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