Suscríbete

Faro de Vigo

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Alberto Barciela

Vigo, una fábrica de mundos y de sueños

La ciudad de Vigo fabricó mundos. Fueron prestigiosos, allá por comienzos del siglo, las manufacturas de Artículos para Viaje de Manuel Gómez Valdés, en Rogelio Abalde 8-10 (Plaza de Portugal), o la de Tomás Carnero, en Urzaiz,145 (Los Llorones). Sus catálogos incluían cajas para camarote o muestrario; maletas con o sin perchas de forma cubana, americana, vienesa; maletines japoneses; incluso hacían sombrereras y cajas para automóvil; se podían forrar de tela, e incorporar cantoneras y asas. El precio de un baúl armario de madera podía alcanzar las 170 pesetas, una maleta pequeña de cartón apenas suponía un desembolso de 2,50. Se permitía encargarlos a medida, eligiendo materiales. En 1908 la novedad era la fibra vulcanizada. La ciudad olívica vibraba en vanguardia, en consonancia con la demanda de un mercado en ebullición, ligado a la estaciones marítima y de ferrocarril, e incluso a los primeros coches.

Los muelles, el galpón –un simple cobertizo– y la Estación Marítima –que se ubicaba donde ahora está el RCN–, se llenaban de cajas que los boteros trasladaban hacia los buques, anclados en mitad de la ría. El ajetreo de vidas, afanes y hatos era constante. Las Compañías trasatlánticas se desentendían de responsabilidad sobre los bultos, siempre que las consecuencias “provengan de accidente de mar o causa de fuerza mayor”, los obligaban a embarcar la víspera de la salida, exigían su correcta identificación y solo dejaban subir al pasajero a bordo con pequeñas maletas, sacos de viaje y sombrereras. En caso de extravío, se fijaba una indemnización máxima de 500 pesetas, “por un mundo o baúl”. Valores y Joyas debían ser declarados; armas y municiones, entregadas al sobrecargo.

Una referencia. En 1908 un pasaje en la Compañía Trasatlántica de Galicia a La Habana costaba en 3ª clase preferente 575 pesetas, 225 para emigrantes. Precio indicativo para otros destinos. En esa época los salarios que se ofrecían en el Estado de Pará en Brasil oscilaban un máximo mensual de 625 pesetas para un dulcero y las 80 que podía ganar una lavandera particular. Un barbero obtenía un jornal de entre 8 y 10 pesetas; un cochero con coche, entre 40 y 100, sin vehículo, entre 15 y 20; un estibador de muelles y almacenes, entre 12 y 15; un albañil, de 15 a 25; los sastre cobraban por piezas. La publicidad advertía que en ese estado sudamericano “pueden hacer buen negocio los escultores de imágenes de santos, los disecadores de pájaros y animales raros, las peinadoras a domicilio, y sobre todo las buenas planchadoras de camisas de caballero y trajes de señora”.

Como Laxeiro haría años después, uno de los embarcados hacia América fue Cesáreo González, que por su familia de Nogueira de Ramuín iba para paragüero. Tras hacer las maletas se la jugó en Cuba, se fugó a México y creó la sala de fiestas Savoy, impulsó Citroën, presidió el Celta de Vigo, compró el Gran Hotel –ahora Edificio El Moderno– y revolucionó el mundo del cine con Suevia Fimls. Más que maletas o baúles, Vigo y Galicia pueden llenar enciclopedias. Pero no todo fueron éxitos de película. Continuará...

*Periodista

Compartir el artículo

stats