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Ánxel Vence.

Crónicas galantes

Ánxel Vence

Una epidemia de locura

Revela un estudio a escala planetaria recién publicado por la universidad canadiense de Ottawa que la pandemia nos está dejando tocados, en el sentido más coloquial y psiquiátrico de la expresión. No es que hayamos caído en la demencia, por ahora; pero sí se constata que el insomnio, la ansiedad, la depresión y el estrés postraumático se multiplicaron notablemente desde la irrupción del coronavirus.

Los teóricos de la conspiración bien podrían pensar que todo este lío ha sido organizado por las compañías farmacéuticas para vender más tranquilizantes, somníferos, antidepresivos y, por supuesto, vacunas. Seguro que pronto empezarán los conspiranoicos a dar la tabarra con esta nueva hipótesis.

Lo del estrés postraumático detectado por los investigadores quizá aluda a la paliza que supuso permanecer bajo informal arresto domiciliario durante el confinamiento de la primera ola. Realmente es un trauma –psicológico– del que apenas nos recuperábamos cuando llego la segunda marejada del SARS-CoV-2.

Parece lógico. Nadie está acostumbrado a enclaustrarse en casa; e incluso los menos sociables acaban por echar de menos la tertulia y las cañas con los amigos. El problema se agrava en los casos de difícil convivencia marital o familiar, desde luego. Aquí viene muy al pelo cierta sabia reflexión de Marx, quien hace ya muchos años advirtió que la familia es una gran institución… siempre que te guste vivir dentro de una institución, naturalmente. (No hará falta aclarar que el citado pensamiento marxista es de la facción Groucho).

Si la epidemia en sí amenaza particularmente a las gentes añosas y a la convivencia doméstica, no es menos verdad que sus daños psicológicos afectan sobre todo a la muchachada.

A los jóvenes en edad de merecer les ha tocado la peor parte. No es fácil ligar con la mascarilla puesta y menos aún con las discotecas cerradas. Tampoco ayuda la obligada distancia de seguridad a la hora de hacer aproximaciones tácticas a la pareja.

La generación que ya sufrió los efectos de la crisis del 2012 cuando estaba a punto de ingresar en el mercado de trabajo, vuelve a recibir ahora un palo. Sin empleo –o con curro mal pagado– y con graves dificultades para echarse novia o novio, el único consuelo que les queda es el de la salud, que a esos años se les supone.

Aunque quizá sea mucho suponer. La confluencia de males económicos y amatorios les va a tocar también la salud, siquiera sea por la parte psíquica. Los datos de la investigación publicada en el Psychiatry Research. sugieren que la pandemia ha afectado también –y de qué modo– a las franjas mozas de la población, en las que la sociedad cifra su futuro. De una u otra manera, todos vamos a acabar tocados, aunque no nos toque directamente el premio en la lotería del virus.

Advierten, en fin, los investigadores, que el mero insomnio causado por la pandemia a millones de personas podría desembocar en depresión y hasta en ideas suicidas. Infelizmente, no hay tiempo para preocuparse de esos problemas de cabeza cuando el bicho copa los hospitales sin dejar apenas espacio para el tratamiento de otras enfermedades potencialmente mortíferas.

Empieza a quedar claro que esta epidemia es una locura. Los metanálisis de la ciencia no han hecho más que sazonar con datos lo que ya se sospechaba.

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