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Luis Quinteiro Fiuza

Luis Quinteiro Fiuza

*Obispo de Tui-Vigo

Es Navidad

Siempre me fascinó la capacidad que tiene la fiesta cristiana de la Navidad para transformarlo todo. Mis recuerdos me llevan a momentos inolvidables vividos a lo largo de los años en lugares y ambientes diversos. Las aldeas, los pueblos, nuestras calles de repente se convertían en espacios mágicos porque había llegado la Navidad. Las personas se saludaban de otra manera, más cercana y cariñosa, incluso familiar. El imaginario celebrativo era tan potente que lo cambiaba todo. El frío se hacía más soportable y las noches gélidas eran el complemento ideal de aquellas veladas saturadas de calor. En esos días los símbolos de la felicidad se asociaban sin ninguna dificultad a los rigores de la naturaleza. Todo era diferente y nada parecía imposible.

Tal es la fuerza de la Navidad que sin ella no se podrían comprender momentos históricos que traspasan toda racionalidad. Piensen en la guerra y en el fragor del combate más encarnizado. Era la Nochebuena de 1914, había comenzado la primera Guerra Mundial. La niebla cubre las trincheras de los combatientes del campo de Ypres (Bélgica). Los soldados enfrentados permanecen alerta con sus fusiles cargados, prestos a defenderse de un posible ataque enemigo. De repente, unas voces temblorosas rompen el silencio nocturno : “Stille Nacht, heilige Nacht” (Noche de paz). El inesperado cántico emerge desde las trincheras alemanas entonado por unos soldados que celebran la Navidad. Contagiados por tal emoción, los soldados británicos corean, entregados, aquellas estrofas y entonan sus propios villancicos.

En el corazón de la guerra brotó la fuerza incontenible de la Navidad. Aquellos soldados enfrentados fueron capaces de romper sus trincheras porque el espíritu navideño había invadido sus corazones. Y decidieron celebrar la Navidad como se merece, compartiendo unidos la comida y sus cigarrillos en unas horas felices.

Solo una vez en mi vida he celebrado la Navidad fuera de mi casa paterna. Fue hace algunos años en Roma. Tampoco la olvidaré. Éramos muy pocos en una casa grande y solemne. Nada hacía presagiar que la morriña no fuese la protagonista de aquellas fiestas. Sin embargo nunca olvidé esos días maravillosos. Todo fue diferente, la casa se convirtió en hogar y todos nos sentimos familia. Nada de aquellos días se podría entender sin las celebraciones litúrgicas, sin las sobremesas cargadas de recuerdos, sin aquellos dulces navideños que nos asediaban de la mañana a la noche.

Muchos pueden pensar que aquel espíritu de la Navidad se ha ido para siempre. Se equivocan. Es evidente que el clima navideño de antaño se ha ido transformando con el paso del tiempo. Las cosas que permanecen también cambian y, a veces, cambian mucho. Lo que distingue a lo verdaderamente importante de lo pasajero es su capacidad para asumir los cambios.

Es verdad que nuestro modo de celebrar la Navidad es diferente, pero pocos se atreverían a decir que hoy esta celebración es menos importante. Díganme si no qué otra explicación tiene la lucha infatigable que todos hemos vivido por salvar, en medio de la pandemia, esta Navidad que se nos resiste. Comidas familiares se celebran muchas a lo largo del año, pero la de la hoy es diferente: es Navidad.

*Obispo de Tui-Vigo

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