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Ánxel Vence.

Crónicas galantes

Ánxel Vence

Ni el bicho puede con la Navidad

Mucha gente dice detestar la Navidad, pero lo cierto es que hasta los ateos más recalcitrantes ceden en sus principios al llegar estas fechas de algodón y almíbar. Esta primera –y es de esperar que última– Nochebuena de la pandemia no se diferenciará gran cosa, al parecer, de las anteriores. Salvo en algún que otro reino autónomo quisquilloso, las familias separadas por la distancia se moverán con libertad para que no falten los brindis, los inevitables chistes de cuñados y la felicidad un tanto impostada y decididamente comercial propia del acontecimiento.

El SARS-CoV-2 ofrecía este año un excelente motivo para dejar a un lado las riñas que propician las reuniones de parientes. Meter en un comedor de pocos metros a un grupo de personas que no se ven durante el resto del año es un grave riesgo –y no solo de contagio–; pero las autoridades no han podido o querido aprovechar la ocasión de limitar los daños.

Mucho es de temer por tanto que, al calor del alcohol, que en Nochebuena goza de bula, vuelvan a dispararse las discusiones sobre política y fútbol con los infaustos resultados habituales. Entre todas las del año, la llamada noche de paz es, paradójicamente, la que más trabajo da a los cuerpos de policía atareados en tan amorosa fecha por las pendencias de familia.

Tal vez conscientes de esos peligros navideños, los gobiernos del resto de Europa han decidido dejar correr la Pascua hasta el año 2021, aprovechando el pretexto –por otra parte, cierto– del coronavirus. No ocurre lo mismo en España, donde nunca perdemos la oportunidad de dejar pasar una oportunidad.

Es así como, aun a riesgo de que el coronavirus se dé un festín e impulse la tercera ola de la epidemia, las diversas autoridades al mando han decidido que la celebración de las navidades bien vale un contagio. Igual que París bien valía una misa para Napoleón.

Para un agnóstico como Dios manda, la Navidad debiera ser en principio una fecha igual que otra cualquiera; pero eso es tanto como desconocer el peso de la tradición judeocristiana en Europa y, señaladamente, en España.

De poco valdrá recordar que las tradiciones suelen ser mucho más recientes de lo que se piensa; o que a menudo tengan un origen puramente mercantil. El pretexto para aumentar las ventas puede ser un atasco de tráfico en Estados Unidos, como el que da su nombre al Black Friday; o el remoto suceso natalicio del que nació el actual calendario gregoriano (antes juliano).

El motivo de la tradición es lo de menos. Importa más la necesidad de generar deseos de compra con la esperanza, casi siempre cumplida, de que la clientela aligere los stocks de los vendedores.

Con epidemia o sin ella, la Pascua navideña no deja de ser una variante cristianizada de las fiestas que en la antigua Roma solían organizarse a la mayor gloria del dios Saturno. Seguramente no será casualidad que los romanos celebrasen sus saturnales entre el 17 y el 24 de diciembre con grandes banquetes, mucho lucerío y derroche de regalos.

Se comprende, pues, el ansia de las autoridades por preservar tan antigua tradición incluso en tiempos de pandemia. No hay bicho que pueda con la Navidad.

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