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Ceferino de Blas.

El modelo de Julia Minguillón

Cuando Julia Minguillón llegó a Vigo, Francisco Fernández del Riego le dedicó un artículo, en el que la colmaba de elogios y la colocaba entre los mejores artistas gallegos. En correspondencia, Julia Minguillón le dedicó un cuadro, que es el que abre la sala dedicada a Del Riego en la Casa da Cultura de Vigo. Su mejor retrato.

Originarios del mismo pueblo, Lourenzá, se conocían desde niños, aunque la vida los había separado, hasta que coincidieron en Vigo, a finales de 1949, cuando Francisco Leal Insua, el marido de la pintora, es nombrado director del Faro. Desde entonces, y hasta que el matrimonio se muda a Madrid, en 1961, prestigiarán a Vigo. Ella con sus cuadros, él con su literatura.

Era la única mujer que había ganado la medalla de Primera Clase en una Exposición Nacional de Bellas Artes. Fue en el año 1941, con su obra más conocida: “La escuela de Doloriñas”, que se exhibe en el Museo Provincial de Lugo.

Según su biógrafa, Concepción Sabucedo Álvarez, la pintura de Julia Minguillón se adecuaba al gusto estético de la posguerra. “Su lenguaje sirvió en la posguerra como muestra del gusto estético de la nueva España y expuso en Berlín, en la Bienal de Venecia de 1942 y también en Lisboa y Buenos Aires”.

Casada con el poeta Leal Insua en 1939, cuando era redactor jefe de “El Progreso”, le sigue en 1949 a Vigo, tras ser designado director del decano, y después a Madrid, en 1961, donde dirigirá “Mundo Hispánico”. Julia Minguillón muere en 1965.

En el año 1992, y en su homenaje, se organiza una tanda itinerante de exposiciones por diversas ciudades de Galicia, en las que toma parte muy activa Leal Insua, que en el catálogo de la muestra escribe el texto: “Julia, su vida es la mía”.

Durante su estancia en Vigo, la artista lleva una existencia discreta, que no interfiere con la amplia presencia pública de su marido. Solo en contadas ocasiones tiene reflejo en el periódico, cuando alguna de las primeras figuras –Cunqueiro, Sigüenza y Fernández del Riego–, le dedican artículos a propósito de alguna de sus apariciones.

En 1958 emprende un viaje a La Habana, Guatemala, Méjico y Nueva York, donde expondrá sus obras. Una gira que la pone de actualidad al ser calificada como uno de los mejores valores del arte contemporáneo,“humilde, silenciosa, pero fecunda en su creación”.

A finales de julio de 1960, obtiene el primer premio de pintura en la Exposición Regional de Arte, que se exhibe en Castrelos. Compite con artistas tan notables como Luis Torras, Antonio Fernández y Javier Pousa. Cunqueiro la felicita con el artículo, “Una obra al fin”. Y al año siguiente se muda a Madrid.

Las humanizaciones de las calles de Vigo vuelven a revitalizar la figura de la pintora lucense, con la colocación de tres reproducciones de obras suyas, que serán colocadas en el vial que lleva su nombre. Una de ellas es “La escuela de Doloriñas”, su pintura cumbre. Es una magnífica iniciativa y un modelo a imitar, con esa u otras variantes.

Porque enriquece la museización de la ciudad, en la que destacan los grandes murales que decoran decenas de fachadas, esculturas de pequeño tamaño en las calles y otras formas artísticas, que debería continuar con los modelos apropiados en los viales dedicados a artistas. Es una manera de revitalizar a los personajes que merecieron una calle, pero también la manifestación de la exuberancia cultural de Vigo, que se inició hace un siglo, cuando se convirtió en el lugar más atractivo para los artistas, donde todos querían exponer. Aquel era un arte de interiores, pero hoy Vigo saca el nuevo arte al exterior para mostrárselo a todos.

La perfección sería que todas las calles estuvieran señaladas con placas que recogieran un breve apunte identificativo.

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