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Joaquín Rábago.

360 grados

Joaquín Rábago

Los perdones del presidente

Haciendo uso de sus prerrogativas, Donald Trump ha perdonado al general y ex consejero de Seguridad Nacional Michael Flynn, acusado de mentir al FBI sobre sus tratos con Rusia a favor del presidente.

Nadie tiene dudas de que, a partir de ahora y hasta que deje en enero, voluntariamente o forzado, la Casa Blanca, Trump seguirá perdonando a quienes tan dócilmente le sirvieron, traicionando con ello al pueblo norteamericano.

E incluso se dice que podría sentar precedente auto-perdonándose para, una vez que deje la presidencia, evitar tener que dar cuentas a la justicia federal. ¡De un político tan cínico como el Donald puede esperarse cualquier cosa!

En su día, otro presidente republicano, Gerald Ford, perdonó todos los delitos que hubiera podido cometer desde la Casa Blanca a su predecesor y correligionario Richard Nixon, forzado a dimitir por el escándalo político de espionaje al Partido Demócrata conocido como el Watergate.

Pero también los demócratas han recurrido con mayor o menos descaro al perdón presidencial: así, por ejemplo, Bill Clinton, concedió cerca de medio millar mientras ocupó la Casa Blanca, un tercio de ellos el último día, hasta el punto de que se bautizó lo ocurrido como el “Pardongate”.

El que más escándalo generó de esos perdones fue el del financiero Marc Rich, acusado de un centenar de delitos, entre ellos haber evadido 50 millones de dólares en impuestos y de fraude fiscal, favor personal que algunos atribuyeron a las generosas donaciones que su familia había hecho al Partido Demócrata.

No descubrimos ningún secreto si decimos que Estados Unidos es sobre todo una democracia, en la que cualquiera nacido en el país puede alcanzar la Casa Blanca, eso sí, siempre que tenga los contactos adecuados y consiga reunir suficiente dinero de los lobbies para financiar su campaña.

Lo único que hace diferente los perdones que parece dispuesto a conceder Trump es que en su inmensa mayoría benefician a personas que delinquieron en exclusivo beneficio suyo, lo que le convierte en juez y parte.

Hay quien dice que en el último día, Trump podría auto-perdonarse, pero sólo de tapadillas, es decir sin hacerlo público, y que, si un juez federal se decide a sentarle en el banquillo, el expresidente puede sacar de su bolsillo el correspondiente documento con su firma.

Otros sugieren la posibilidad de que no sea el propio Trump quien lo haga, sino su vicepresidente, para lo cual aquél no tendría más que dimitir y entregar sus plenos poderes a Mike Pence, que obraría en consecuencia.

El eventual perdón presidencial afecta sólo a los delitos federales, pero no a los procesos que se siguen contra él en otras jurisdicciones como la de Nueva York y que están relacionados con varios casos de fraude fiscal y evasión de impuestos.

No es pues de extrañar que Trump siga empeñado en no reconocer su derrota frente al demócrata Joe Biden y dedicado a recaudar fondos de sus incondicionales: los podría necesitar para pagar a sus abogados.

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