Durante estos últimos días las instituciones estadounidenses se pusieron a prueba. En los periódicos se publicaron extensos reportajes en los que se especulaba sobre “lo impensable”, sugiriéndose en ocasiones la posibilidad de que se produjera un autogolpe. El sistema democrático del país estaba (y está) siendo deslegitimado desde el poder ejecutivo. ¿Qué puede hacer un presidente para permanecer en el cargo? ¿Cuáles son los dispositivos legales existentes que garantizan una transición pacífica? Estas preguntas (What if?), tantas veces repetidas en la prensa antes y después de la noche electoral, se suelen formular cuando se produce una crisis constitucional de gran envergadura. De ahí que, una vez conocido el anuncio (aunque tardío y ambiguo) de traspaso de poderes por parte de Donald Trump, ya podemos decir que las elecciones del 3 de noviembre, además de Joe Biden, tienen otro ganador: James Madison, considerado como “el padre de la Constitución” por el papel determinante que desempeñó tanto en la elaboración del documento fundacional como en las diez primeras enmiendas que se adjuntaron a este (Bill of Rights).

No se trata de una victoria práctica, estrictamente constitucional, pues la ley fundamental del país no contempla las hipótesis mencionadas. En palabras del profesor Lawrence Douglas: “La Constitución no asegura una transferencia de poderes pacífica sino que la presupone”. Pero se trata de una victoria intelectual. Ha prevalecido la filosofía política a la luz de la cual se defendió y se redactó la Constitución. James Madison escribió en El federalista n.º 51 que “la ambición debe estar encaminada a contrarrestar la ambición”. En este ensayo, publicado junto con otros del mismo título para apoyar la ratificación del texto constitucional (a esta tarea también contribuyeron Alexander Hamilton y John Jay), el pensador y cuarto presidente de los Estados Unidos defiende el sistema de “frenos y contrapesos” (checks and balances) a fin de controlar los abusos de poder.

Madison recuerda a sus lectores, exhibiendo un ineludible pesimismo antropológico, que la corrupción es inherentemente humana. “Si los hombres fuesen ángeles, el gobierno no sería necesario”. Y señala la “gran dificultad” que presenta el equilibrado sistema que se pretende instaurar: “En primer lugar, hay que permitir que el gobierno controle a los gobernados y, en segundo lugar, obligarlo a controlarse a sí mismo”.

El experimento estadounidense, basado en la separación de poderes, en ciertas tradiciones y en la soberanía compartida (la del Gobierno federal con los estados), se ha enfrentado a unos cuantos desafíos a lo largo de su historia, algunos, los más importantes, relacionados con el problemático significado que se le dio a la palabra “libertad” en un país que nacía (y prosperaba) preservando la esclavitud. Estados Unidos, además, también está expuesto a las perversiones de la democracia, como la demagogia y el culto a la personalidad, que, aun siendo perversiones, no dejan de ser fenómenos que surgen en (o como consecuencia de) la democracia.

James Madison, que tenía en mente todos esos retos con los que tendría que enfrentarse la república, fue el padre fundador que más reflexionó sobre los mecanismos gubernamentales que mejor protegen al sistema de los posibles excesos de las clases dirigentes y otras agresiones internas. En su teoría sobre la “república extendida”, Madison criticó la democracia directa y propuso multiplicar las facciones (los intereses de diversas minorías) para evitar una “tiranía de las mayorías”. Cuando Thomas Jefferson (su gran amigo, mentor y confidente) le propuso en una carta la idea de reformar la Constitución cada 19 años, Madison le recordó que dicho planteamiento, aunque original y razonable, además de inverosímil (Madison salió escarmentado de la Convención de Filadelfia, donde se encontró con no pocas dificultades para lograr consensos sobre el texto), generaría una perpetua inestabilidad, pues, si en un par de décadas se producen unos cambios tan importantes (propiedades, sistemas de gobierno, etc.), la inversión desaparece. Noah Feldman, biógrafo de Madison, dijo que “si la Constitución es una forma de física gubernamental, Madison fue su Newton o su Einstein”. Si finalmente resisten las instituciones y se produce un traspaso de poderes pacífico, los mecanismos diseñados por Madison volverán a ser ratificados.