Qué aspecto más reconocible y conmovedor tienen los calendarios. Aunque, pensándolo bien, todos son la interferencia que esporádicamente se entrecuza a diario. La mayoría de las fechas son la orden que esclaviza a la mente y la pone a disposición de la disciplina de los recuerdos. Dicho de otra manera, en determinados círculos cerrados, la razón se desentiende.

Todos somos el inmenso repertorio que satisface a los números. De cada combinación (sonrío) nace una emoción; ellos (los números) representan nuestra vida. Ya lo creo, ya, no es lo mismo decir “he echado un polvo”, que decir “he echado cinco polvos”. Junto a los números (muchas veces) tropieza la autoestima que nos aleja de lo “normal” y nos conduce a la neurosis. Los números dominan nuestra vida: nos asombran, nos conmueven, nos disgustan, nos turban, nos seducen; y así, un largo etcétera. En todos siempre aparece el motivo que simplifica el plano y le da forma de espacio. Todo es herencia de Pitágoras...

Los números también tienen un lenguaje imaginario. Los que están diciendo que 2021 será distinto, por lo visto, no han entendido la síntesis de una pandemia. Evidentemente, cada persona, hace uso de su razón y la integra en el lugar que considera oportuno. Aunque, pensándolo bien, lo hermético es el espacio cerrado que conserva lo destinado a descomponerse. Muchos días veo el aspecto más convincente del ser humano... Otros veo el tumulto que se aleja de todo compromiso social y entra en trance al ver las piruetas que pueden dar las fechas.

Con tanta necesidad de información una tiene que buscar bien los títulos de las columnas. Considerando que el conocimiento, a día de hoy, es la soledad insaciable del curioso, no puedo apasionarme y titular la columna de hoy: “La herencia de Pitágoras”. Comprenderán que para muchos sería un elemento constitutivo de aburrimiento. Se me antoja inventar un horno y poner a cocer un título caliente, sí, un título que en apariencia apasione a todos los lectores y vengan animados a leerme. El morbo (ya saben) es la vocación de las personas que no piensan. Dicho lo dicho, si han llegado hasta aquí leyéndome, entenderán el título tan “grosero” ( sonrío) de mi columna de hoy. El oficio de escribir es hermoso, con los años, una aprende a transgredir todas las técnicas y comprende que lo único importante es crear. Y creer... Claro, en uno mismo.