Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Alberto Barciela

Los virus en red

Me dicen que las redes me han convertido en un prestamista. Pido explicaciones y me contestan que ha sido un virus. No les llega con arrebatarnos los datos, indagar nuestras intimidades, conocer nuestros anhelos. Nos construyen a su capricho y nadie conoce más intención última que la perversión, es decir, perturbar el orden o estado de las cosas para inclinarlas a favor del presumible estafador. Solo hay una solución inasumible en estos tiempo, abandonar las redes.

A mediados del siglo XIX el término virus todavía se empleaba como sinónimo de veneno o miasma, y eso es lo que están haciendo: empozoñando nuestras vidas, recreando nuestra imagen a cambio de otorgarnos en apariencia una notoriedad de la que no estamos necesitados. Nada que ocultar, no es sinónimo de que permitamos que nos vampiricen, participar de los medios virtuales, no significa que seamos títeres.

Se está perdiendo la oportunidad de construir un mundo mejor: más comunicado, permeable a las importancias, en el que se otorgue relieve a aquellos personajes que tienen algo significativo que decir, un universo que contribuya a la igualdad y al prestigio, que valore el esfuerzo y denuncie los abusos, en el que la formación sea accesible y el que el entretenimiento pueda ser escogido con seguridad. Esas posibilidades se diluyen por la codicia de las multinacionales que logran engordar sus rentabilidades en base al control de los datos de millones de individuos. Nuestros datos son milimétricamente analizados por los más potentes ordenadores, que determinan posibilidades económicas, debilidades psíquicas, afanes consumistas, tendencias ideológicas o momentos emocionales, etc. Si se pregunta por qué le están ofreciendo un coche rojo, descapotable, de dos plazas, automático y con un gran maletero, y por qué lo hacen en un día soleado con una llamada a su teléfono fijo, justo a la hora que usted está relajado en casa, sepa que nada es casual. Desconfíe. Yo solo puedo decir que no soy prestamista y que no puedo ayudarle a financiar sus sueños locomotrices de última generación. No se empeñe.

Mi humilde intención es regalarle, esto sí está a mi alcance, mis reflexiones o una anécdota divertida. Pero poco más.

En asunto de préstamos siempre me hizo gracia aquello que me contaba mi padre, propietario de un restaurante en Redondela, Casa Barciela. Al establecimiento acudían determinados listillos, en especial los días de feria de ganados, a pedirle prestado algún dinero, con la promesa de devolverlo enseguida con algunos beneficios extras, tras hacer un teórico y rápido negocio. Sin inmutarse, mi progenitor les contestaba. “Tengo un pacto con los bancos: yo no presto dinero y ellos no ofrecen comidas”.

Espero que en las redes dejen de enredar. Ya tenemos bastante con los virus prestados.

*Periodista

Compartir el artículo

stats