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José Manuel Ponte

Inventario de perplejidades

José Manuel Ponte

Dejar con el culo al aire

En la madrugada del 9 al 10 de noviembre salí de alta efectiva del HUCA (Hospital Universitario Central de Asturias) donde había sido operado días atrás de una rotura de cadera (otra) por el doctor Alejandro Braña con su eficiencia habitual. Normalmente, esos trámites se cumplen sin agobios, pero en este caso todo estaba condicionado a la lucha contra el coronavirus, que en los hospitales se vive como una batalla sin cuartel. Había que desalojar la planta donde yo me encontraba junto con pacientes de otras patologías para dedicarla por entero a las víctimas de la pandemia. Y así se hizo con un gran despliegue de energía por parte de los obligados a la tarea.

En la noche otoñal, cálida y acogedora, el HUCA luce como uno de esos gigantescos cruceros turísticos. Así lo imaginó Vicente (“Tini”) Álvarez Areces, presidente ya fallecido de la comunidad autónoma, y así se proyectó sin escatimar medios porque “Tini” quiso para la clase obrera asturiana lo mejor de lo mejor en materia de sanidad. Son quizás resabios (perdóneseme la ironía porque el que esto escribe sentía profundo afecto hacia el desaparecido político gijonés) de los buenos tiempos soviéticos cuando se quisieron materiales de lujo para el Metro de Moscú o para las ciudades de vacaciones en el mar Negro.

Estos meses de involuntarias (puedo jurarlo) experiencias hospitalarias dejarán una profunda huella en quienes los hemos vivido. La forma de medir el tiempo de los internados en los nosocomios es muy particular y tiende a la desorientación. Al poco de cumplirse la segunda jornada de estancia, el miércoles se confunde con el viernes, el lunes con el jueves y así sucesivamente. Otro efecto (y no menos saludable) es la pérdida del pudor al minuto siguiente de ponerse el pijama. Individuos exageradamente escrupulosos en su higiene personal o con la exhibición de su cuerpo, permiten que los frieguen a conciencia o les pasen la esponja por las posaderas con la misma energía que se utiliza para limpiar a los niños.

En mi casa estábamos acostumbrados a tal desahogo indumentario porque la clínica de mi padre era el edificio anexo al nuestro y veíamos pasar fugazmente al personal sanitario muy “ligero de equipaje” como dejó dicho el poeta. Entre mi padre, mi tío, mi primo y mis dos hermanos contábamos cinco médicos en la familia, y ahí paramos. El que esto firma renunció a tal honor y se conformó con el papel menos brillante, pero también muy necesario, de paciente. Y por supuesto siempre supo interpretar correctamente el verdadero sentido de la frase “dejar con el culo al aire”. En los hospitales todo el mundo va así de fresco, a nadie llama la atención.

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