Como es sabido, el adjetivo “bicéfalo” significa, según el Diccionario de la RAE, “que tiene dos cabezas”, y hasta tal punto es aplicable al sustantivo “gobierno” que el propio Diccionario, al exponer ejemplos del empleo de “bicefalia”, recoge la expresión “Gobierno bicéfalo”, para señalar que tal gobierno, en sentido figurado, tiene dos cabezas.

En sí mismo, el hecho de la bicefalia supone una cierta anormalidad, entendida en el sentido de infrecuencia, que suele darse más en el mundo animal que en otros. Pues bien, si en el mundo animal se consideró desde siempre una anomalía que un organismo tuviera dos cabezas en lugar de una, no debe extrañar que en el ámbito de la política se empleara la expresión “gobierno bicéfalo” para aludir a la dificultad de que cada una de las cabezas decidiese “pensar y actuar por su cuenta”.

En los algo más de cuarenta años que llevamos de democracia, nunca hubo un gobierno de coalición. Los dos grandes partidos que vinieron alternándose en el gobierno desde 1978 tuvieron siempre un número de escaños suficiente para formar gobiernos monocolores. Fue la ruptura del bipartidismo a partir de 2015 y la consiguiente diseminación del voto ciudadano en torno a cuatro grandes formaciones de ámbito estatal la que originó una importante reducción del número de escaños asignados a cada una de ellas, dificultando con ello que un solo partido político pudiese congregar el número de escaños suficientes para obtener la confianza del Congreso de los Diputados.

Por fin, tras numerosas convocatorias electorales y una moción de censura, las últimas elecciones generales desembocaron en el primer y actual gobierno de coalición de signo social-comunista, formado por el PSOE y Unidas Podemos. Ahora bien, un gobierno no es bicéfalo por el hecho de ser una coalición de dos partidos, sino –y esto es lo fundamental- porque está regido por dos cabezas, que, en ocasiones, lejos de actuar con unidad de criterio, tira cada uno hacia su propio lado. Y esto es lo que está sucediendo con nuestro actual gobierno, que comenzó siendo un gobierno de coalición en su origen, y ha devenido, andando el tiempo, en un gobierno de disentimiento: hoy más que un gobierno social-comunista es un gobierno de socialistas y de comunistas, en los que cada bloque va por su lado.

Los ejemplos son múltiples y siempre consisten en lo mismo: el líder de Unidas Podemos actúa por su cuenta –eso sí con el consentimiento tácito del Presidente del Gobierno-. Y así, por ejemplo, critica la monarquía parlamentaria como forma política del Estado al tiempo que se pronuncia a favor de la república; o acusa al Poder Judicial, de dictar sentencias que le producen “una enorme sensación de injusticia” y de que dejan impunes a corruptos muy poderosos gracias a sus privilegios; o se alía con ERC y EH Bildu para presentar una enmienda a los Presupuestos Generales con el fin de impedir los desahucios durante la pandemia; o, en un momento especialmente delicado en nuestras relaciones con Marruecos se pone del lado del Frente Polisario y habla de la conveniencia de convocar un referéndum en el Sahara.

Por eso, se puede decir que el actual gobierno no solo es un caso de bicefalia, sino de “goberoposición”, en el que una cabeza, el PSOE gobierna, y la otra, la de Unidas Podemos gobierna y hace oposición al propio gobierno del que forma parte. Así lo declaraba ayer la Ministra de Defensa, Margarita Robles: “En un gobierno de coalición, hay distintas posiciones, pero no es razonable que se actúe como Ejecutivo y como oposición”. Lo negativo de todo lo que está sucediendo es que la cabeza de mayor tamaño (el PSOE por reunir más escaños) está siendo devorada por la de menor tamaño (Unidas Podemos). Hasta tal punto que en el ABC del viernes se habla de que para presionar a Sánchez Pablo Iglesias ha logrado “blindar” a los 53 diputados de Unidas Podemos y el llamado bloque plurinacional.

Ante esta complicada situación, agravada porque Pablo Iglesias convenció a Pedro Sánchez de contar con el apoyo expreso de EH Bildu, a éste se le ha ocurrido dirigir una carta a los militantes del PSOE en la que, como siempre, culpa a otros de errores que solo son atribuibles a él, como haber dejado que creciera la cabeza política de Pablo Iglesias.

La citada carta dice: “Habrás comprobado al conversar con vecinos, compañeros y amigos que todos estos avances sociales que comportan los nuevos Presupuestos ocupan poco espacio en el debate público. Y, en cambio, la atención se desvía hacia asuntos del pasado, como la lucha antiterrorista, que nada tienen que ver con los Presupuestos ni figuran por fortuna desde hace años entre los problemas de España y los españoles”. Añade: “Los Presupuestos son tan indispensables y su orientación es tan indiscutible que los adversarios del Gobierno progresista evitan hablar de ellos y desvían la atención hacia polémicas artificiales y noticias inventadas”. Y concluye: “El populismo reaccionario crea en primer lugar fake news, noticias falsas que presenta como hechos para desacreditar a sus adversarios. A continuación, se sirve de estas falsedades para fomentar la polarización y la división social. Y, en tercer lugar, jamás acepta su derrota, aunque eso ponga en riesgo las instituciones democráticas”.

No sé cuantos socialistas se creerán estas palabras. Pero debo señalar que el firmante de esta carta se ha dedicado durante una buena parte de la legislatura a turbar la paz de fantasmas del pasado y a rehacer la historia, que son temas de palpitante actualidad. Y en cuanto a lo que imputa al populismo, Sánchez olvida que es un verdadero maestro de las estrategias de la desinformación y de desviar de la atención; y que ha creado una “Comisión Política de la Verdad” que supone una ataque contra las libertades de expresión y de comunicación y de su control por los Tribunales de Justicia.